domingo, 16 de mayo de 2010

Al pie de la letra

Los libros pueden ser instrumentos peligrosos, sobre todo cuando son tomados como si lo dicho fuese una verdad indiscutible. Este pensamiento ha hecho que conduzca mis reflexiones de la tesis en un escrito de Platón, el Fedro. La pregunta que ha rondado por mi mente durante los últimos años es: ¿en los libros, morada del lenguaje, está la verdad?
            Esta pregunta encierra otro problema. ¿Los libros son la morada del lenguaje? Mi respuesta es con un contundente sí. Sin los libros todo conocimiento, toda historia, toda identidad, estarían perdidos, quedarían en el olvido. Esta condición que tiene el libro se lo debe a la escritura, que como señala Platón en el mencionado diálogo, es la condición de posibilidad de la memoria, y la memoria siempre va acompañada del olvido, por eso el pensamiento de una persona puede estar perdido durante siglos o de plano habitar en su totalidad en las huestes del olvido.
            El habla, por su lado, tiene como condición el instante, la fugacidad del pensamiento, aunque también es el lugar donde habita el diálogo. ¿A qué me refiero cuando pienso en el diálogo, y más cuando mi referente es Platón? Al utilizar la palabra diálogo mi intención es referirme a un método que pretende desvelar lo que la mayoría cree que entiende por algo pero que en realidad da por sentado, es decir, las cosas son presupuestos, como diría Heidegger. Mostrado que no se sabe lo que se creía saber, entonces viene el razonamiento de las cosas planteado desde la pregunta del qué. ¿Qué es esto? Ese es el modo mediante el cual se llega a aprehender algo, es así como nos formamos un concepto, una idea. Pero decía, el habla tiene como enemigo al tiempo y como hermano al instante, y en cuanto deja una cosa de enunciarse muere. Por eso escribimos.
            Ágora, la más reciente película de Almenabar, me remitió inmediatamente a la pregunta inicial. Para muchas personas lo que está escrito en los libros es la verdad. No sólo me refiero a los cristianos, a los musulmanes o a cualquier religión; para muchas personas leer es poseer la verdad. Esto lo digo con base en lo siguiente: la escritura, en algún momento de la historia fue adquiriendo una carga de mayor responsabilidad que la del habla, es decir, que la del diálogo. Quizá sea el producto de la lectura en silencio, del domino de la religión en la sociedad, de que las personas cuando hablan no reflexionan sobre lo que dicen, si no que siempre argumentan sus ideas con base en lo que leyeron en el libro correspondiente y hacen de un autor una fuente de autoridad. La retórica que tanto preocupaba a Sócrates ahora es el común del pensamiento.
            Otro factor que tiene mucho peso es la intencionalidad del texto. Mientras que cuando yo platico con alguien interpreto el movimiento de sus manos, lo que dice y su forma de reaccionar, además de que puedo preguntar cuanto sea necesario algo; en los libros, de entrada, parto de un gran supuesto, pensar que lo que pienso es lo que alguien pensó, y esto se hace sin tener los factores del habla: gestos, reacciones, movimientos. Por eso quien crea que hablar y escribir son iguales, está totalmente equivocado. Para que un texto se entienda tiene que ser lo más claro y preciso que se pueda, cada una de las ideas deben quedar claras y estar perfectamente encadenadas unas a otras para que el lector no se pierda, pero este no es el punto de reflexión.
            Lo que quiero señalar es que frente a la retórica y la sobre interpretación que puede haber en un texto, cuando a esto se le suma un interés político, las consecuencias pueden ser aterradoras. Almenabar ejemplifica muy bien este problema con el obispo Cirilo de Alejandría cuando al dar su sermón señala como algo verdadero, algo que no se puede refutar, lo que está “escrito” por Dios y de este modo condena a Hipatia, filósofa neoplatónica que afirma que “tú no puedes dudar de lo que crees, pero yo tengo que dudar aún de lo que creo”.
            Dudar es una tarea que se tiene que hacer aún con la escritura, sin importar si lo ahí vertido es palabra de Dios.

Por cierto, aquí pueden ver otra reflexión sobre el tema.

3 comentarios:

ovispriani dijo...

Muy interesante la forma en que abordas tu reflexión desde el punto de vista de la relación del libro y la verdad. Hay elementos de la historia que permitirían en efecto, comprender tu tesis principal:
"La escritura, en algún momento de la historia fue adquiriendo una carga de mayor responsabilidad que la del habla, es decir, que la del diálogo."
Yo te diría que es la escritura de la ley en Moisés... o por lo menos ese es un evento central para que eso ocurra. En cualquier caso, yo pondría el énfasis en la escritura y no en el libro.

Sinécdoque dijo...

Moisés, soy seguidor de tu blog y las reflexiones que plasmas en él me parecen siempre muy interesantes. Sólo quiero hacer un pequeño apunte: el nombre del director de "Ágora" es Amenábar.

Moisés dijo...

Ovispriani:

Tienes toda la razón, de hecho lo he pensado con Moisés y lo he relacionado con el "Código de Hammurabi".

Sinécdoque:

Qué bueno que te parecen interesantes mis reflexiones, es un placer compartir las ideas. Del apellido del director Amenábar, se me fue terriblemente revisar que mi memoria no me engañara. Tendré más cuidado.