viernes, 29 de octubre de 2010

Para los que piden prestados libros o los roban

Acabo de mandar un correo a uno de mis amigos con la firme intención de que me regrese un libro, sólo espero que el mentado libro aún esté en sus manos. Quisiera pensar que lo leyó, me gustaría creer que el libro movió varias de sus fibras, pero lo dudo mucho. Debo confesar que he perdido pocos libros, uno de ellos fue cuando estudiaba en la Facultad de Filosofía, en verdad me molestó mucho que mi amiga no me regresara el libro y por eso dejé de prestar aquéllos objetos que considero parte de mí. Tengo la firme teoría de que se puede conocer a una persona por lo que hay en su biblioteca, fonoteca y videoteca. Total, ese libro de Deleuze ya nunca estará en mis manos. Lo malo es que esa experiencia no me bastó y le presté a uno de mis mejores amigos un libro titulado El abismo, de Federico Reyes Heroles. Debo confesar que ese libro me ayudó mucho a tomar una decisión radical en mi vida de pareja, de eso ya tiene cinco años y el libro tiene el mismo tiempo en posesión de mi amigo. Caray. En verdad espero conseguirlo pronto, igual que una película que presté a una amiga.
      En verdad no me explico por qué la personas no te regresan lo que prestas. ¡Ah!, pero bien decía mi abuelo, nunca hay que prestar a la mujer, el dinero y los libros. Creo que esa será mi máxima, claro, con sus contadas excepciones.
      Ayer leí esta inscripción que está ubicada en el monasterio de San Pedro, en Barcelona, y que aparece en el libro Corazón de tinta, y más allá de la risa que me dio leer dicha sentencia, pensé que es una lástima que ya no funcionen las cosas así. En fin, aquí les dejo la inscripción.

Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe en la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos de misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y cuando, finalmente, descienda al castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre.

martes, 19 de octubre de 2010

Diccionario editorial: Editor

El viernes comencé con la lectura del libro Cultura escrita, literatura e historia de Roger Chartier pues el autor fue una recomendación de mi asesor para seguir trabajando el tema de la tesis. Decidí empezar por este libro ya que, en palabras del editor, es un libro que sirve para acercar al lector en el pensamiento del historiador francés. Hay muchas cosas que luego retomaré y las comentaré en el blog.
      Hoy voy hablar, desde lo dicho por Chartier, sobre lo que es el editor, no sin olvidar que su etimología proviene del verbo edere, "publicar, sacar a la luz". Para Chartier, la cultura impresa, en todas sus dimensiones, se pueden asociar con la figura del editor, con la práctica de la edición, a la elección de los textos, al negocio de los libros y al encuentro con un público de lectores. Entonces, para responder ¿qué es un editor?, hay que hacerlo desde las citadas dimensiones.
     Chartier dice que la figura del editor nació en el decenio de 1830, en Francia, pues es cuando la figura del editor se hace autónoma, es decir, ya no es el librero ni el impresor el que publica los libros. Por otro lado, la nueva definición del oficio crea una relación con los autores, la elección de los textos (catálogo), la selección de las formas del libro y la figura del lector.
      Es desde la Edad Media donde empieza distinguirse la definición moderna del editor y de la edición o de otras formas de publicación. Una primera forma de edición, de publicación, fue con la lectura en voz alta de un texto nuevo, que era la práctica de las universidades o de las cortes medievales (aún podemos apreciarlo en las presentaciones de libros). El otro modelo es cuando la edición del libro impreso se vincula con el comercio de librería, en este momento la figura central es el librero editor. Como es de esperarse, en el segundo modelo el capital mercantil es fundamental ya que define el poder del mundo de la cultura impresa (taller tipográfico-impresor-catálogo). Además, lo que un librero editor vende se incrementa con el intercambio del catálogo de otros libreros editores.
      Finalmente estos dos modelos derivan en la definición moderna de editor, ese ente que tiene un oficio particular, definido mediante criterios intelectuales más que técnicos o comerciales. Si bien es cierto que los editores tienen una cierta actividad comercial (sobre todo en nuestro país con las editoriales independientes), lo que en realidad define el oficio del editor es el de coordinar todas las posibles selecciones que llevaban a un texto a libro, y al libro en mercancía, y la mercancía en objeto difundido, recibido y leído, es decir, el editor unifica todos los procesos que hacen de un texto un libro.

domingo, 17 de octubre de 2010

El túnel interminable

CComo es ya costumbre, suelo leer en voz alta libros a mi hijo. Hago esa lectura por dos razones, la primera, porque me gustan los títulos de estos libros y porque su extensión es muy grande para alguien de siete años; la segunda, creo que es una buena introducción a la lectura, es decir, mi hijo lee sus propios libros, los que son clasificados para su edad, y yo le leo otro tipo de literatura.
      En estos momentos estoy leyéndole Corazón de tinta, de Cornelia Funke, coeditado por el FCE y Ediciones Siruela. Este hermoso libro merece una reseña mucho más interesante y que tendrá que ser para otra ocasión. Hoy mi interés es algo que apunta a la redacción o traducción, como posiblemente será el caso.
      Mientras leía una parte muy interesante respecto a la descripción del villano lo siguiente llamó mucho mi atención:

      –Esa tía con quien vamos, ¿tiene niños? –preguntó mientras atravesaban un túnel interminable.
      –No –contestó su padre–. Y me temo que tampoco le gustan demasiado. Mas, como ya lo he dicho, te llevarás bien con ella.
      Meggie suspiró. Recordaba a algunas tías, y con ninguna se había entendido demasiado bien.
      Las colinas se habían convertido en montañas, las pendientes a ambos lados de la carretera se tornaban cada vez más escarpadas, y en cierto momento las casas no sólo le parecieron extrañas, sino distintas...

      Un problema muy frecuente al momento de redactar –lo digo por experiencia– es cuando queremos poner ciertos matices que den un efecto de fuerza, de cansancio, de miedo, etcétera, a la lectura de un texto y no nos percatamos de lo que estamos escribiendo. Por eso siempre es recomendable dejar reposar un texto el mayor tiempo que se pueda, para tener un distanciamiento al respecto, y leerlo en voz alta. Por otro lado, si por algo se fue el error, están las lecturas que se harán en la editorial.
      En el caso del presente libro, es una traducción, por lo que la traductora debió de tener mucho cuidado con ciertas frases. Sin embargo, entiendo que las 606 páginas del libro pudieron terminar por cansar a la traductora, aunque no la justifico porque el error de redacción está en las primeras cincuenta páginas. Independientemente de eso podemos ser benévolos y aceptar la errata, para eso está todo el equipo editorial, es decir, la corrección de estilo –en cuya lectura tuvieron que notarlo– y las lecturas de pruebas. Como es evidente, en ninguna de estas lecturas se hizo el cambio.
      Supongo que ya muchos habrán notado la peccata minuta pues la resalté desde el nombre de la entrada. Sí. Los "túneles interminables" que en algún momento dejaron de ser interminables para que el narrador nos contara cómo las colinas mutaban en montañas. El error se corrige muy fácil, sólo es necesario poner una expresión adecuada a la comparación: "...preguntó mientras atravesaban un túnel que parecía interminable."
      En fin, hay que recordar que siempre es bueno leer, es decir, hacer una lectura pensada de lo que estamos escribiendo, no nos vayamos a perder en túneles verdaderamente interminables.

viernes, 15 de octubre de 2010

Hay algo que no cambia en el libro

Desde mediados del siglo XV, los procesos de producción del libro impreso movilizan los conocimientos y los procedimientos de todos los que trabajan en el taller tipográfico (editores, correctores, cajistas, prensistas). Irrumpe así, con la multiplicación de manuscritos que descansan en el trabajo de los copistas y difiere de la fabricación del libro en Oriente, en China o en Japón, que hasta el siglo XX ignora el empleo masivo de caracteres móviles al depender del trabajo de los calígrafos, que copian el texto, y del de los grabadores, que los disponen en las planchas de madera que sirven a la impresión. Las técnicas cambian y, con ellas, los protagonistas de la fabricación del libro. Mas permanece el hecho de que el texto del autor no puede llegar a su lector sino cuando las muchas decisiones y operaciones le han dado forma al libro.

Tomado de Roger Chartier, Cultura escrita, literatura e historia, FCE

miércoles, 13 de octubre de 2010

Diccionario editorial: Corrector

Tenía planeado escribir una breve entrada que hablara sobre el oficio del corrector para el llamado Diccionario editorial pero descubrí que el siguiente texto es completo y retrata a la perfección el oficio que tanto amo. Por ello decidí tomar íntegro el texto no sin antes recomendarles visitar la página de Profesionales de la Edición y conocer las actividades que hacen.

El control de calidad de los escritos
ANA LILIA ARIAS

Por lo regular la mayoría de las personas dedicadas a la corrección de estilo llegan a la práctica de esta actividad de manera fortuita y con frecuencia como producto de la improvisación; por lo mismo, es común que tanto quien efectúa esta labor como quien lo solicita desconoce las características mínimas que deben cubrirse.

Este desconocimiento tiene como resultado un escaso valor al trabajo que se desempeña, reflejado en la bajísima retribución económica que suele dársele. Para colmo, todavía hay que añadir el ridículo tiempo que pretende destinársele: «Nomás échale un ojito. Yo ya lo leí y está bien: lo necesito para el lunes», ¡y es viernes!

Con el propósito de esclarecer esta confusión, es importante, en un primer momento, remitirnos a los orígenes etimológicos de las palabras que componen la actividad: «corregir» y «estilo». La primera deriva de las voces latinas cum, que significa cabalmente, conjuntamente; y rigere, que viene de regere, enderezar, conducir derecho, regir, dirigir, gobernar, guiar. (Gómez de Silva, Guido, Breve diccionario etimológico de la lengua española, Fondo de Cultura Económica, México, 1988).

La palabra «estilo», por su parte, es un vocablo cuya primera acepción se refiere al cálamo o estilete con el que los antiguos escribían en las tablillas enceradas; con el tiempo, la palabra adquirió el carácter de «modo peculiar de hacer algo» (Alonso, Martín, Enciclopedia del idioma, Diccionario histórico y moderno de la lengua española (siglos xii al xx), etimológico, tecnológico, regional e hispanoamericano, México, Aguilar, 1988). Por costumbre se le adjudica erróneamente y de manera única a la forma como el escritor presenta sus ideas.

Pero ése es sólo uno de los tres tipos de estilo con los que trabajamos en el ámbito editorial. El estilo del autor o escritor es más conocido como estilística; el de la empresa o institución que edita la obra es más identificado como estilo, norma, criterio o política editorial; y el de la persona que corrige o enmienda lo que el cálamo o estilete hizo mal es la actualmente muy difundida pero poco conocida corrección de estilo.

Con todo y que es una actividad casi tan antigua como la escritura, a la fecha difícilmente encontramos textos específicamente relacionados con su documentación. Hasta donde se tienen noticias, desde el siglo I de nuestra era, Plinio, Séneca, Cicerón y Quintiliano intercambiaban sus escritos para enmendar errores; (Reyes Coria, Bulmaro, «Un habla dura de Cicerón, o un mal rato para don Marcelino Menéndez y Pelayo», Anuario de Letras, 1994, núm. 32, pp. 313-319) sin embargo, la figura más definida de esta labor no la encontramos sino hasta la Edad Media: con el corrigere, el monje copista que, en la tranquilidad del monasterio, indicaba –como ahora– la falta y al margen de la hoja anotaba la corrección.

Se cuenta que cuando la falla no era grave, él mismo raspaba el pergamino y sobre la enmienda volvía a escribir. Hay noticias (Escolar Sobrino, Hipólito, Libros y bibliotecas en la baja Edad Media, 1999, tomado de: La enseñanza en la Edad Media) que detallan que cuando se trataba de una palabra, de una línea o de un párrafo con errores, el corrigere hacía verdaderas obras de arte para hacer los añadidos: escribía las enmiendas al pie de la página y las llevaba al lugar correspondiente por medio de bellas figuras que parecían subir para encuadrar el texto dejado en el tintero (Millares Carlo, Agustín, Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas, Fondo de Cultura Económica, México, 1988).

De los libros únicos y variables a los masivos y uniformes

Cuando la profesión de copista salió de los monasterios y de los conventos, gracias al auge de las universidades en los siglos XII y XIII, no sólo se difundió el conocimiento y hubo un cambio de mentalidad, sino también se fomentó una nueva fuente de trabajo: la de los copistas laicos, quienes a partir de entonces se encargaron de reproducir los textos autorizados para los estudiantes más ricos. (Escolar Sobrino, op. cit.)

Al igual que los copistas monacales, los laicos también se especializaron en tareas distintas dentro de la producción de los libros: dominaban todos los estilos caligráficos y escribían con gran rapidez; incluso habían desarrollada la habilidad para escribir con las dos manos. Pero las máquinas todo cambian.

Con la aparición de la imprenta, el proceso de producción de los libros (es decir, de las ideas) se mecaniza. Las universidades empiezan a proliferar y poco a poco se incrementa el número de personas que tienen acceso al conocimiento; como es natural, quienes se desempeñan como correctores son verdaderos sabios: pensadores humanistas que por lo regular imparten las cátedras de gramática y retórica, a la vez que revisan con meticulosidad las pruebas de imprenta de los libros que están por publicarse.

Leer los libros antes de que salgan publicados es una actividad privilegiada. De los personajes más notables que desempeñaron esta labor destacan Erasmo de Rótterdam (patrón de los correctores en cuya fecha de nacimiento se conmemora el día internacional del corrector: 27 de octubre ), Giordano Bruno y el mismo Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana.

Pasar de la manufactura artesanal y manual a la mecanizada, uniforme y repetitiva, con contenido tipográfico en vez de caligráfico, hace que por primera vez se produzcan libros idénticos; pero además obliga a que el tiempo de producción se reduzca sustancialmente. Como dice Marshall Mcluhan, (Mcluhan, Marshall,Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano, Barcelona, Paidós, 1996) sin lugar a dudas esos cambios influyeron en una nueva forma de pensamiento y una manera distinta de expresarse. Estamos ante el surgimiento de una nueva sociedad.

En efecto, las sociedades cambiaron junto con los sistemas económicos y de gobierno, pero el trabajo de corrección continuó su confinamiento: si antes lo había sido en los monasterios, en adelante lo continuaría en los talleres de imprenta. Y así permaneció durante siglos, hasta que una nueva revolución tecnológica lo obligaría a salir a la luz; es decir, a editarse, según la etimología del término.

Sin embargo, a diferencia de hace 500 años, los correctores de estilo ahora buscan adaptarse a los cambios tecnológicos y aprovechar la aplicación masiva de la tecnología: la computadora en su caso concreto. Y es que, inverso a la predicción derrotista de quienes hace no más de veinte años anunciaban la desaparición del libro en papel, ahora las publicaciones proliferan; no hay sitio donde no se edite por lo menos un boletín o una revista.

Con todo y ello, pese a que la demanda de las y los correctores de estilo va en aumento, la calidad de las publicaciones decrece y su situación es la más débil de todos quienes intervienen en la especializada cadena productiva de una publicación: desde un volante hasta un libro. Una gran responsabilidad recae sobre este profesional, pero con frecuencia no se le permite intervenir con libertad en su quehacer natural.

Esta contradicción se debe en gran medida al aislamiento e individualismo que el propio trabajo favorece, permitiendo además la improvisación, la competencia desleal de personas ajenas al quehacer editorial, la pésima remuneración, la falta de prestaciones sociales y la sobreexplotación.

Un trabajo de filigrana intelectual

Para uno de los escritores más prolíferos sobre el trabajo de edición, el español José Martínez de Sousa, (Martínez de Sousa, José, Diccionario de tipografía y del libro, Madrid, Paraninfo, 1990.) el corrector «es la persona que dirige, ordena, enmienda y perfecciona una obra de acuerdo con quien la ha producido; aunque esto no siempre es así». Pero, contrario a lo que muchos creen, corregir el estilo no es simplemente leer para hallar fallas ortográficas (eso le compete al lector de galeras o corrector ortotipográfico): corregir estilo es revisar y analizar el documento; es, en ocasiones, traducir en el propio idioma las ideas de quien escribe.

Corregir los originales es un trabajo de filigrana intelectual; por eso es preciso que la persona que corrige esté atenta para detectar y enmendar los posibles errores; buscar la manera de mejorar la redacción de algunas oraciones confusas; añadir alguna explicación o información que complemente los temas tratados, o sugerir alguna supresión que aligere el texto.

Corregir es también vigilar que el escritor o escritora no incurra en inexactitudes o incorrecciones: la persona que corrige sabe que trasladar las ideas a letras y signos es una actividad compleja y distinta a la de la corrección profesional. La primera concierne al proceso creativo y la segunda al de edición.

En este proceso el corrector, desprovisto de la pasión de quien escribe y con la mente puesta por completo en la claridad del documento, cuida tanto de la sintaxis como de la ortografía y de la precisión de las palabras; al mismo tiempo que visualiza la presentación final del escrito, por lo que atiende también la jerarquía tipográfica y demás detalles de edición.

Topografía laboral

El trabajo de corrección de estilo se ejecuta de dos maneras: dentro de la empresa o institución (con contrato base) o de manera externa (donde se incluyen los trabajadores eventuales y los llamados freelance o independientes). Desde esta lógica se entendería que las personas que trabajan bajo contrato gozarían de las prestaciones que marca la ley, a diferencia de quienes prefieren mantenerse de forma independiente; no obstante la realidad no es así.

Según datos de la Cámara Nacional de la Industria Editorial (Caniem), en la última década las personas contratadas han ido en aumento: entre 2002 y 2006 incrementó 18% las contra-taciones; no obstante omite decir que se les emplea por honorarios, sin ningún tipo de presta-ciones y con la obligación de desempeñar el doble y hasta el triple del trabajo que antes hacían; para colmo con el mismo salario de 2002. Como es natural, si ésta es la situación para quienes están respaldados, la de los freelance es todavía peor.

Este escenario nos coloca también ante dos tipos de profesionales: quienes trabajan para una empresa o institución suelen especializarse en la corrección de textos de contenido único –o por lo menos de temas relacionados– convirtiéndose en correctores monotemáticos; al contrario, el trabajador independiente –por la misma necesidad– tiene la posibilidad de corregir textos de contenido diverso. Sin embargo, ambos profesionales se encuentran en el mismo estado de indefensión debido a que ni uno ni otro tiene la certeza de qué es lo que tiene que hacer y si lo está haciendo bien.

Como ya lo hemos señalado, el trabajo de corrección se ha trasmitido de boca en boca, por lo que es común que incluso los editores (que son los que coordinan el proceso de edición) desconozcan la pulcritud de este quehacer. Y, si esto es así en el lugar donde se conoce, es lógico que en los demás ámbitos donde se producen todo tipo de escritos ignoren lo que implica su labor; con todo y que reconozcan que requieren de un profesional de la corrección para ase-gurarse que sus ideas llegarán de manera clara y sencilla a su destinatario.

Por lo mismo, el ámbito de la corrección de estilo es amplio y variado. Puede ir desde una empresa editorial o una institución académica, una revista de divulgación o una científica, un periódico de circulación masiva o uno de comunicación organizacional; puede ser para publicar un libro de texto, una novela o un ensayo; puede ser para corregir material publicitario o de medicina, de química, de física o de ciencias sociales; puede ser también para corregir tesis o para conferencias...

Todas estas variedades la desempeñan personas con algún grado de improvisación y en general con áreas de conocimiento ajenas a las de los contenidos de los materiales que corrigen. Tener una formación académica distinta al documento que se corrige, puede ser un punto a favor ya que se carece de los vicios que en cada disciplina sin querer se van formando y ello ayuda a la objetividad del pensamiento; pero si se combina con la improvisación, entonces sí se convierte en un auténtico problema cuyas repercusiones demeritan sustancialmente la calidad del producto.

Para remediarse, es preciso que el corrector de estilo conozca de técnicas y demás elementos que le permitan revisar profesionalmente los documentos que sometan a su consideración para mejorarlos. Por todo ello la formación de profesionales de la corrección es un proyecto que responde a las necesidades sociales y educativas que los tiempos demandan; necesidades que pretenden subsanarse con los objetivos del diplomado en Corrección profesional de estilo que PEAC organiza.



lunes, 11 de octubre de 2010

Diccionario editorial: Pica o cuadratín

Roberto Zabala Ruiz, en su conocido texto El libro y sus orillas, señala que en México hay una gran confusión entre lo que es una pica y un cuadratín. Roberto Zabala dice que una pica está formada por 12 puntos (4.233mm). Esta unidad se emplea para expresar la medida de la caja tipográfica.
      El cuadratín es una pieza de metal en forma de paralelípedo cuadrado que en su medida se corresponde al cuerpo de la letra, por lo tanto, hay cuadratines de 6 puntos, de 10 puntos, de 12 puntos, etcétera. Respecto al cuadratín, Bulmaro Reyes Coria, en el Metalibro. Manual del libro en la imprenta, dice que su medida es igual a los 12 puntos.
      Independientemente de la diferencia, el cuadratín es la pieza de metal que se pone entre las letras para dejar blancos en lo impreso.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Diccionario editorial: Cuartilla editorial

En la entrada pasada hablé del papel y de un matiz, la cuartilla, sin embargo la cuartilla editorial tiene aspectos muy importantes a la hora de hacer el trabajo, en particular si el editor o el corrector hace freelance. Se imaginan cobrar 30 pesos y no aclarar que es por cuartilla editorial, pasar por el material de trabajo o recibirlo por correo, ver el texto y darse cuenta que la hoja tiene muchos caracteres. Por eso es importante aclarar lo que entendemos por cuartilla editorial.
      La cuartilla editorial (hoja tamaño carta) debe tener lo siguiente:

  • Tipografía de 12 puntos.
  • Interlínea de dos puntos.
  • Familia tipográfica patinada, como la Times (para facilitar la lectura).
  • Los caracteres por renglón sean entre los 55 y los 65.
  • El número de caracteres oscile entre los 28 o 29 renglones.
  • El número de caracteres en promedio por cuartilla sea de 14000 a 1750.
  • Los márgenes (superior, inferior, izquierdo y derecho) tengan una medida de 2cm.
  • Las cuartillas deben estar foliadas o numeradas.
Como se podrán percatar, tener estos datos presentes sí hacen la diferencia.

domingo, 3 de octubre de 2010

Diccionario editorial: Papel

No imagino mi vida escribiendo, o dictando mis pensamientos o corrigiendo un texto en una piedra o en una tablilla. El papel, a mi modo de ver, es la gran revolución en la industria del libro, ya que de éste depende la portabilidad, el tamaño, el precio, o las posibilidades de la creación en la edición. Por eso es importante que los que nos dedicamos a la industria del libro tengamos nociones básicas de tan bella gema.
      En el Diccionario de la Lengua Española el papel, primera acepción, es definido como: "Hoja delgada hecha con pasta de fibras vegetales obtenidas de trapos, madera, paja, etc., molidas, blanqueadas y desleídas en agua, que se hace secar y endurecer por procedimientos especiales." A esta definición yo añadiría un elemento más (ahora que está tan de moda reflexionar sobre asuntos de edición digital), diría que el papel se distingue de cualquier otro soporte gracias a su capacidad de reflejar la luz y permitir una lectura más cómoda. Dada esta breve definición es importante matizar el uso editorial que se hace del papel.

  1. Hoja. Es la unidad del papel blanco. Sus dos caras o páginas son el anverso y el reverso.
  2. Página. Es cada una de las caras de la hoja.
  3. Pliego. Es una hoja grande de papel, extendida o doblada, impresa o en blanco.
  4. Plieguecillo. Es el medio pliego común.
  5. Cuartilla. Cuarta parte de un pliego.
  6. Octavilla. Octava parte de un pliego.
  7. Terno. Conjunto de tres pliegos impresos e insertos unos dentro de los otros.
  8. Cuaderno. Cuatro pliegos metidos unos dentro de otros.
  9. Cuadernillo. Cinco pliegos o la quinta parte de una mano.
  10. Mano. Cinco cuadernillos, vigésima parte de una resma.
  11. Resma. 500 hojas.
  12. Resmilla. 20 cuadernillos.
  13. Bulto. Mil hojas.
  14. Atado. 1500 hojas.
  15. Fardo. 2500 hojas.
Estos son los más comunes, quizá alguien sepa de alguna rareza y su aportación será agradecida. Espero que estos datos sobre el papel les sean útiles.