martes, 24 de julio de 2012

Aquello que se llama estilo

Sin duda la gran preocupación de toda persona que aspira a ser un escritor es aquello que se llama estilo (voz o identidad). En mi caso, no sé si por fortuna, me vino desde los primeros escritos. Creo que mi estilo llegó más porque nunca me ha importado conocer mi estilo, o llegar a él. Para mí todo se reduce a una cuestión de gusto y claridad. ¿Me gusta? Sí. ¿Se entiendo lo que quiero decir? Sí. Entonces, listo. Hasta ese momento ha quedad terminado el escrito. Digo hasta el momento porque siempre vienen las relecturas, el sentido de perfección de una obra, y... bueno, muchos han de saber a qué me refiero. Corregir puede ser toda una Muerte sin fin.
    Hace algunos meses una de mis primas me regaló un libro que se titula Despierta y lee, de Fernando Savater, quien es conocido por ser uno de los filósofos españoles más importantes. Debo confesar que cuando leí su Ética para Amador, poco interés tuve (en el aspecto filosófico) y lo dejé como un escritor para señoras de dinero que sólo leen lo sencillo y de moda. Leer Despierta... la curiosidad de las personas y abre el juicio, al menos eso me pasó. Me sorprendió conocer escritos de Savater que en filosofía nunca hubiera leído, escritos que tienen la función de divulgar u opinar sobre cualquier cosa, pues el libro que menciono está compuesto de sus artículos de periódico. Pero no es de esos artículos de los que quiero hablar, sino de su breve reflexión sobre el estilo que busca el escritor.
    ¿Qué es el estilo? Contesta Savater:
[…] En efecto, quienes se esfuerzan por tener un estilo, quines padece esa voluntad de estilo que antaño me pareció tan esencial, escriben pendientes no de lo que quieren decir –muy bien pueden no querer decir nada–, sino sólo de los efectos idiosincrásicos que producirá en el lector su forma de decirlo. Lo principal para ellos no es que el destinatario del texto comprenda lo dicho y lo valore, sino que sea muy consciente de que lo ha dicho Fulano. Y por tanto la voluntad de estilo no será otra cosa que el empeño que pone Fulano en ser enormemente Fulano, ese Fulano que él supone que debe ser: Fulano el Gran Pensador, Fulano el Poeta, Fulano el Castizo, Fulano el Críptico, Fulano el Cachondo Deslenguado, Fulano el Rebelde, etcétera. No cuenta el asunto de que se escribe, no cuenta acertar o desbarrar, no cuenta ni siquiera lo literario como tal, sino que sólo cuenta Fulano. Fulano el Inconfundible… porque se confunde solo. […] Cuando abandoné la voluntad de estilo, me propuse algo más difícil todavía: escribir como todo el mundo. Es decir, como todo el mundo si todo el mundo supiera decir por escrito lo que piensa con perfecta naturalidad, tal como le apetece en cada momento, a veces de modo risueño, otras patéticamente, frío o cálido a voluntad…, pero sin voluntad estilística. No hace falta decir que tampoco este objetivo me ha sido concedido[…]. Al final la pereza decidió por mí y ahora mayormente escribo como me sale, procurando evitar tan sólo los más notorios despistes sintácticos o semánticos y no repetir tres veces la misma palabra en una sola línea. Lo cual también lleva su trabajo, justo es decirlo.
Así que para concluir con esta breve entrada, no hay que olvidar que se escribe para tener lectores y que esos lectores nunca sabrán lo que pensamos y no tendrán la oportunidad de preguntarnos directamente qué es lo que queríamos decir en tan parte. Por lo tanto, la preocupación principal del escritor debería ser...