martes, 30 de octubre de 2012

El fin justifica la redacción


El lunes empezó bien. El trabajo me dejó una nueva sonrisa en la cara. La novedad es la siguiente, me acabo de enterar que algunas monedas no tienen dos caras. Esto lo digo por la esta afirmación: “La moneda mexicana tiene dos caras”. Muy en el sentido de la avidez de novedades emprendí una búsqueda en la web para dar con las monedas que no son mexicanas y que tienen más de una cara (quizá hay monedas con tan sólo una cara, como esferas). Busqué y busqué y nada encontré. No por lo menos en las monedas actuales, porque recuerdo que algunas monedas chinas tenían la peculiaridad de ser relativamente amorfas. Pero, en el uso actual todas las monedas, con el perdón del autor de matemáticas, tienen dos caras.
   Por la tarde empecé a revisar un nuevo documento, también de Matemáticas. En ese texto la redacción empeoró. El nivel de trabajo tuvo que ser mucho más minucioso, el resultado se notó en los comentarios que el autor recibió. En este texto lo que llamó mucho mi atención es la poca coherencia lógica, no en el escrito, sino en la finalidad del escrito. Para los autores es un reto, debo aceptarlo. Ellos tienen que escribir un guión, casi de radio, donde ponen contenidos educativos. Los diseñadores instruccionales, en su mayoría pedagogos, leen el contenido y trabajan el texto para indicar a los programadores, ilustradores, y animadores, lo que el contenido necesita. Es ahí la segunda mano del contenido. En el texto que estuve revisando, con el diseñador de instrucciones reinó una frase: se verá en pantalla. Rápidamente eliminé la frase, no necesitaba leer más al respecto. ¿Por qué lo hice? En primera por la economía de las palabras. Decir una instrucción en pocas palabras es algo que programadores, ilustradores y animadores agradecen. En segunda, porque los materiales se convierten en objetos digitales y evidentemente el producto se ve en una pantalla.
   Me preocupa que las personas no piensan lo que escriben, en el sentido de no identificar el medio donde se verá reflejado su trabajo. Así como para escribir hay que tener muy claro el público al que se dirigirá el escrito (en este caso niños de entre los 12 a los 15 o 16 años), así debería pasar en el medio para el que se escribe. Si lo que escribo es para una película animada, poner muchos elementos sólo entorpecen la rápida lectura, en el sentido de que para el equipo de trabajo es importante identificar lo que tiene que hacer, sobre todo cuando el tiempo es tu peor enemigo.
   Afortunadamente para eso sirve el oficio del corrector, para ser el ojo externo al contenido mismo y poder llegar a las conclusiones que les estoy comentando, mismas que saben los autores de los guiones que reviso.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El problema de la traducción en el mismo idioma

Corregir un texto cuando no se tiene al autor sentado junto a uno implica dar por sentado lo que el autor estaba pensando al momento de redactar su texto. Desde ese momento empieza el trabajo de la traducción de un pensamiento a otro pensamiento, aunque es en la misma lengua. Preguntas como:

  • ¿Qué quieres decir?
  • ¿A qué te refieres con?
  • ¿De qué modo puedo entender estas palabras?
  • ¿Cuando utiliza esa palabra, estaba pensando en determinado contexto?
  • ¿Qué estaba haciendo el autor a las cinco de la tarde, y sin café?

Y es que luego uno lee oraciones como las siguientes:

Aparecerá una calle; deberá haber la salida de un callejón oscuro; será poco después del anochecer.

Entonces uno se siente un indio, va al baño y se pinta la cara para saludar a todos con la pipa de la paz.
   De entrada el uso del verbo con el que inicia la oración es un problema. Aparecerá... no una persona, no un perro, no un avión, no una araña, ni mucho menos un fantasma, lo que aparecerá será una calle. Sí. En un acto mágico la calle brotará en el escenario y las luces caerán, como gotas de lluvia, en tan dichoso personaje.
   Luego tenemos el pequeño detalle del callejón apache con la oscura redacción, más oscura que la oscuridad misma que ya de por sí parece que tienen todos los callejones.
   Finalmente está otra oración, magistralmente temporal. El tiempo del melancólico será donde todo transcurrar. La bohemia presente en la oración, y también la botana.

Todos las oraciones que están en el enunciado pasado están separadas por punto y coma. Entonces parece que el autor está indicando que todo pasarará al mismo tiempo. Me pregunto si la salida del callejón oscuro será por la galanura de la calle que aparece en un rapto de encanto para, quizá dar un beso al callejón. No, por desgracia no es así.
   Lo que el autor en realidad quizó decir es lo siguiente:

En una calle se verá la salida de un callejón oscuro. Todas las acciones que vivirán los personajes sucederán al atardecer.
¡Ah! Tan sencillo que era decir eso.

Definitivamente, hacer corrección de estilo es muchas veces traducir el pensamiento de un autor.

lunes, 22 de octubre de 2012

De esas palabras...

La semana pasada tuve un encuentro cercarno del tercer tipo con una palabra que he usado en más de una ocasión, incluso he comprado productos que utilizan la palabra, pero nunca la había escrito: destapacaños. Estaba revisando un texto de química cuando leí la palabra "destapa caños". Entonces empezó la gran duda. ¿Se escribe junta o separada? Después de una rápida búsqueda en algunos manuales y de consultarlo con el otro corrector, llegamos a la conclusión de que destapacaños tenía que escribirse junta. Tal y como se escribe sacacorchos (palabra que está registrada en la RAE, pero no destapacaños). Esto se debe a una regla sencilla, las palabras compuestas como sacar y corcho, claro y oscuro, etcétera, se unen para formar una sola. Por esa razón se dice destapacaños y no destapar caños.

Independiente de esta breve reflexión ocasionada por la corrección, ese día estuve pensando en la cantidad de palabras que se quedan sin estar en un escrito; miles que muchas veces hablamos pero que no escribimos.No están en el olvido, no, pero su condición tampoco hace que sean parte importante en un texto. Cuando le comenté esto a mi querido Francisco de León, él me comentó que en una ocasión se enfrentó a algo similar con la palabra "tocayo". ¿Ustedes, qué palabras utilizan y nunca han escrito?


domingo, 14 de octubre de 2012

Editar: un diálogo


Algunas veces editar es un oficio que puede causar ciertos conflictos al editor, sobre todo cuando la publicación que estás trabajando tiene a varios autores. En estos momentos he estado trabajando con la segunda publicación del Cuarto Aniversario de Noctambulante. Los textos, todos relacionados con el cine y los monstruos, son muy interesantes y algunos sumamente entretenidos. Y es ahí cuando empieza el problema. ¿Cómo iniciar el diálogo entre el autor y el lector? ¿Cómo propiciar un diálogo entre los mismos autores dentro de la publicación? ¿Cómo hacerlo en la totalidad de la obra con el lector?
Lamentablemente no se puede aplicar la vieja costumbre del profesor. Aventar la primera página del escrito y decir: los que caen sobre la mesa, van primero, los que caen en el suelo van al final. No, aunque algunas veces dan ganas de hacerlo. El problema es que no soy tan... vale madres. Me gusta, y considero una obligación, generar un diálogo (de toda la obra con el lector). Y es que hacer cualquier publicación (libro, revista, etcétera) es un diálogo constante, no sólo con el texto, sino con las imágenes, la tipografía, la disposición del texto, y donde todo empieza con la portada.
¿Qué haces cuando no tienes claro el orden de aparición de los textos? Yo tengo un método básico. En este caso ya sé con qué textos comenzaré, pero no cuáles seguirán. El método es simple. Si ya tienes algunos textos que sabes dónde quieres, ordenas los demás de manera aleatoria, es decir, intercalas el orden en distintas lecturas. Luego, pones atención en lo que se dice y haces tus anotaciones. Las anotaciones que yo hago responden a una pregunta básica: ¿tiene coherencia la publicación? Y a dos preguntas más: ¿el orden de los textos hace que el lector siga leyendo toda la publicación? Y ¿me gusta lo que se dice? Cuando todas las respuestas son favorables, entonces doy una última lectura al orden que tiene a favor todas las respuestas.
Claro que este método tiene una forma azarosa y también subjetiva. No necesariamente lo que me gusta a mí le gustará al lector. Pero bueno, ¿qué diálogo no comienza ya con una trampa, con una disposición e intencionalidad de la persona que lo inicia?

jueves, 4 de octubre de 2012

Ocultado un sentir

Escribir es una de las actividades más complicadas. ¿Por qué? Porque cuando escribimos reflejamos nuestro estado de ánimo: alegría, tristeza, preocupación, enojo... Y la complicación radica en escribir pensando en el lector. No es lo mismo escribir para uno, en su diario, donde se puede reflejar totalmente el estado de ánimo y donde poco importa el estilo, a escribir para un diario, una revista, una agencia de publicidad, incluso un trabajo escolar. Un escrito es igual que un diamante, su valor y belleza se adquiere por el modelado, por el brillo que tiene (técne, dirían los griegos), y no le viene de su estado en bruto. Y aunque siempre se halaga cómo mediante un escrito un autor pudo hablar de determinado sentimiento, de seguro ese sentimiento nunca es el mismo, el que sintió el autor.
       Dice mi admirado Vicente Quirarte que hay que escribir con todo el cuerpo. Aunque la frase me atrae, me deslumbra, pienso diferente. No puedo escribir como siento porque lo que siento me rebasa y pasa al terreno de lo inefable. No puedo escribir con la intensidad que habita en la música, o en el beso, o en el llanto, o en el sentimiento de sentirte en la nada, pero puedo narrar lo que siento sin que por ello llegue a expresar en totalidad la intensidad. Una frase que me gusta mucho dice: Hay gran distancia de la boca al vaso. Es esa distancia la que hace que el oficio de escribir sea tan complicada. Sin embargo, se escribe.

miércoles, 3 de octubre de 2012

De la autocorrección o el alter ego en pleno fracaso

En los últimos días me he enfrentado a un viejo fantasma: la autocorrección. Digo que es un viejo fantasma porque en verdad es uno de los ejercicios más complicados que he hecho desde que decidí dedicarme a la escritura. Llevar lo que produzco ante el ojo crítico, ante el ojo que logra analizar todo con la meticulosidad del otro, simplemente me parece una cosa de locos, un ejercicio donde el desdoblamiento puede resultar una verdadera catástrofe. Una lucha en el propio alter ego, eso es lo que siento cuando tengo que realizar determinado ejercicio.
       Recuerdo que cuando estaba en la secundaria amaba jugar ajedrez (aún lo amo) pero como no tenía nadie con quién compartir tal pasión lo que hacía era sentarme en una mesa y jugar contra mí mismo, la ventaja es que siempre ganaba, siempre yo salía victorioso. Moi, me decía, moi, me contestaba. El ejercicio era un verdadero engaño pues nunca me pude atacar con la fuerza y vitalidad con la que me gusta. Mi problema con la autocorrección es similar. Tengo la desventaja de recordar lo que escribo, de saber de memoria lo que puse, casi palabra por palabra. Desventaja grande para jugar al desdoblamiento, porque mi mente percibe esto como si fuera algo que está hecho, y bien, porque cuando das por terminado algo es porque supones que está bien.
      Y luego está la costumbre de los procesos, de tener una persona en quien apoyarse, porque eso es el corrector, alguien que con su mente indiferente al texto, ajena al texto, revisa lo que hiciste. Esa persona también puede ser tu tutor de tesis, tu mejor amigo, tu editor. Por el momento estoy en un lugar donde esta figura no está, no porque no quiera estarlo, sino por la carga cotidiana de trabajo. Entonces está la confianza en el otro y los errores que llegan al cliente. Entonces se siente el peso de los fantasmas y la preocupación.
     Sé que es posible la autocorrección porque he notado que algunas personas, pocas en realidad, pueden llevar a cabo esta actividad. Yo tendré que aprender a no ser yo, como lo estoy aprendiendo al momento de escribir lo que ahora tengo que escribir. Para escribir es necesario ser uno mismo, pero también aprender a ser el otro. Este mismo proceso se debe realizar en la autocorrección: saber ser el otro.


Si me ven caminando por la calle, con las ropas desgarradas, los zapatos rotos, el pelo hecho una maraña, quiere decir que mi conflicto conmigo fue terrible, la locura se quedó corta y muy seguramente terminé como el matemático de Pi, el orden del caos.
Se aceptan sugerencias al respecto.