lunes, 12 de noviembre de 2012

Necesito silencio

Desde hace ya varios años me he enfrentado, en cada espacio de trabajo, a un factor que cada día se me hace más complicado bloquear: las voces, que en determinados momentos de la jornada laboral simulan los de una plaza. Sí, las voces están ahí, y no son las mías, no son las que habitan mi mente y que luego dan paso a algún personaje de cuento. Las voces a las que me refiero pertenecen a los compañeros de trabajo. Son esas voces, que como los chismes, nacen sin motivo alguno. Irrumpen el espacio y hacen que el lugar donde se trabaja sea agradable. Sin embargo, las voces (más la música, las pruebas de audio, y otros factores) impiden que pueda tener una concentración adecuada al momento de corregir un texto.
    La otra vez platicaba con una amiga sobre esto, le decía que cuando era estudiante podía leer en el camión a la par que me bloqueaba con los audífonos y por algún medio que olvidé, no escuchaba ni la música ni los sonidos del entorno. Creo que me engañaba. En realidad muchas de las páginas que leí en aquel momento pasaron de largo ante la mirada. Le decía a mi amiga que conforme han pasado los años dejé de leer filosofía en cualquier sitio, de hecho necesito un lugar que esté en total silencio (o por lo menos que pasen los menores sonidos y que tenga muy pocos distractores). Desafortunadamente lo mismo me está pasando en el trabajo.
    La lectura es un ejercicio que requiere del silencio porque exige mucha concentración, ya que leer es mantener un diálogo con el autor, pero no sólo con él, también con los otros, esos escritores que están ocultos en el texto y con los que el autor está dialogando. Leer es similar a estar en una mesa redonda, donde uno tiene que escuchar lo que los otros dicen para poder participar. El problema al que me enfrento, porque posiblemente muchos pueden leer con distractores, es que no puedo participar cabalmente del texto. Ahora, si esto pasa en el nivel de la lectura, en lo que respecta a la corrección el problema aumenta.
    Corregir un texto es algo más que leer. Sí, es leer pero va más allá de la lectura. La corrección, creo yo, se realiza en tres niveles: el primero, letra por letra; el segundo, la significación de la oración, lo que implica revisar la estructura sintáctica y gramatical del texto; finalmente, el tercero corresponde al significado, el mensaje del texto, la intención del autor. Lo interesante de la corrección es que los tres niveles se hacen al mismo tiempo. Además, en la lectura del corrector está la visión desde el que ve como imagen (el primer nivel de la corrección), hasta el que ve lo abstracto del texto (segundo y tercer nivel).
    Entonces, para corregir en estos niveles es necesario estar concentrado, ser una entidad que está en los tres niveles. Por lo tanto, cualquier sonido puede romper con ese equilibrio y el monje puede perder el nirvana del mundo.
    Hace tiempo leí un texto que hablaba del deterioro de la edición en todos su niveles (desafortunadamente no tengo la referencia), y dada mi reciente experiencia, más el traer a la memoria un texto de George Steiner que trata sobre la lectura y el problema de los libros de bolsillo, donde la portabilidad ha mermado en la comprensión del texto, me puse a pensar que el oficio del editor está afectado por todos estos factores. Lo interesante del asunto es que todo esto se debe a que la palabra, en su relación con la escritura y por ende con el libro, está implantanda en el nivel de lo sagrado. Y al estar insertada en este nivel, el espacio requerido es también un lugar sagrado, donde no se puede profanar el espacio (con silencio, obra y omisión -como dirían los clérigos letrados).
    Sé que es una hipótesis demasiado aventurara, instalada en muchos vacíos, pero piénsese que durante toda la historia del libro, los espacios donde se realizaba la escritura o la copia estaban consagrados a la divinidad y al silencio. Y que desde que se inventó la imprenta, en específico a partir de la masificación del libro, el oficio se encontró ante varios cambios de paradigma.
   Sea pues el paradigma a resolver. O se adapta, o se muere.

2 comentarios:

Sícoris dijo...

Pues en el cambio de paradigma nos seguimos encontrando: Cada vez llevo peor la falta de silencio durante la lectura (y si hablamos de corrección, ya la cosa es imposible). Supongo que, con los años, nos volvemos más exigentes a la hora de mantener el diálogo íntimo con el texto porque comprendemos que sin concentración este diálogo no fluye. Las relecturas de algunos libros, devorados en las condiciones más peregrinas durante la juventud, nos dan fe de que aunque nosotros pasamos por esos libros, ellos no llegaron a pasar por nosotros.

Moisés dijo...

Sícoris:

No podía ser más atinado tu comentario: "Las relecturas de algunos libros, devorados en las condiciones más peregrinas durante la juventud, nos dan fe de que aunque nosotros pasamos por esos libros, ellos no llegaron a pasar por nosotros". Totalmente de acuerdo. Recuerdo que antes era un tragón con las lecturas, pero ahora me dedico más a releer.

Te mando un gran abrazo.