martes, 20 de noviembre de 2012

¿Qué se hace con los libros que no regalarías ni a tu peor enemigo?

Bueno o malo en general me parecen palabras que tienen un cierto grado de complejidad al momento de emplearlas. ¿Por qué digo esto? Porque, como lo hizo notar Nietzsche en Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral, ambas palabras han tenido una inversión de valor dejando de lado su terreno moral para estar en el de la verdad. La mentira se confunde con la falsedad, y todo lo que es una mentira está contra la verdad. Bajo esta estructura decir que algo no es bueno (es malo) es afirmar que no es verdadero. Las implicaciones que hay en la conjugación de lo Verdadero con lo Bueno pueden ser terribles y llegar a grados extremos de idealismos (quema de libros, creencias religiosas, genocidios...). Dicho de otro modo: el "quién no está conmigo, está contra mí" parte de la conjunción arriba señalada. Sólo quien tiene la verdad es bueno y conoce el camino correcto para los demás.
    Todo lo anterior es para señalar que el terreno de los libros, y de las personas que gustamos de la lectura, la conjunción no queda de lado. Seguramente muchos hemos emitido o escuchado juicios que van desde las recomendaciones con expresiones como "no leas a fulano, porque es muy mal autor, además de que pretende solucionar la vida de las personas" o "tal libro es una basura, su autor no sabe nada de lo que dice". Esto, como se podrá percibir, va de la mano de la idea de que hay una buena y una mala literatura, y por ende, una literatura ligada con la verdad, y otra que está ligada con la mentira.
    Para ser sincero, mi primer juicio literario siempre parte de algo muy básico: me gusta lo que leo o no me gusta lo que leo. Parto de ese nivel porque considero que primero la literatura me entretiene, ya que satisface mi necesidad básica de imaginación. Posteriormente paso mi lectura a un nivel de análisis: ¿qué quiere decir la obra?, ¿con qué autores está conversando el escrito (y también el autor)? Y, finalmente, me pregunto si releería la obra. Es muy poca la literatura que llevo al terreno de lo verdadero (y nótese que procuro nunca llevarla al de la moral). De hecho, aunque lea filosofía o algo de ciencia, procuro no llevar la lectura al terreno de la verdad. El motivo es muy largo para explicarlo en una entrada del blog.
    Estas palabras son sólo el pretexto para que se entienda el grado de confusión en el que me encuentro. Quizá confusión sea una palabra poco pertinente, creo que es más consternación. La semana pasada me regalaron un libro (en la imagen es el de portada azul) y hace un par de meses compré uno para la tesis (portada blanca). El libro que me regalaron no lo pienso leer, lo tengo por cierto. El motivo, habla de la sexualidad abordada desde una visión cristiana. Ven la homosexualidad como algo antinatural y relacionan las malas experiencias de las personas con su infortunio de vida y su falta de relación con dios. Nótese que digo esto con tan sólo leer algunas páginas. Para mí las premisas son una aberración. En primera porque soy agnóstico y preocuparme por la existencia de dios me parece un caso irrelevante. En segunda, y la que tiene mayor peso, porque se me hace ofensivo juzgar a las personas por lo que decidieron ser.
    Respecto al libro que compré para la tesis, me dejé llevar por el título. Ontología del lenguaje sonó muy acertado para leer en estos momentos en los que estoy trabajando con la tesis. De la contraportada revisé el resumen. Me convenció, se cita a Heidegger en ella. Ello me llevó a pensar que me sería de mucha utilidad. La semana pasada lo empecé a leer. Gran fiasco. El autor relaciona la ontología con el entrenamiento personal (empresarial). Utiliza las palabras como si fueran calzones. Habla de ontología y la define, sí, pero desde el punto más débil donde se puede definir. Grave error para una palabra con tanta historia, con tanta carga semántica, y que por ello mismo puede ser tan vacía. El pésimo manejo de conceptos, así como el mismo cuidado de la edición hizo que el mismo día que empecé a leer el libro, lo cerrara.
    Como todo amante de los libros, soy enemigo de quemarlos o tirarlos, o maltratarlos. Pero en este caso he estado considerando hacerlo. ¿Qué hacer con ambos libros? Es una pregunta que me atormentó todo el fin de semana. Había pensado dejarlos en la calle para que los tome alguna persona que los necesite, pero luego pensé que ellos se podrían dejar llevar por el título, sobre todo por el de Ontología... (sí, cómo no). También he pensado tirarlos. El punto es que nadie más lea los libros, que nadie se tope con su contenido, porque no sólo son grotescos (en cuestión de gusto), también están escritos desde una argumentación débil, manipulada por la idea del consumismo y de la antinatura, lo que hace que lleguen a ser falsos.
    Ser un censor tiene un peso terrible, porque la primera pregunta que viene es: ¿qué se hace con un libro que tiene las características arriba señaladas? Es peor cuando el censor no gusta de moverse en terrenos donde se combina la verdad con lo bueno. Pero, por otro lado, también está la razón...
    Por lo mientras, en lo que planeo qué hacer, dejaré unos días más los libros en mi escritorio. Si tienen sugerencias o alguien quiere algunos de los dos, hágamelo saber.

4 comentarios:

jimeneydas dijo...

Yo también padezco de una superstición de no tirar libros a la basura. Lo que hago con los libros malos es desterrarlos a uno de los anaqueles más inalcanzables, llamado "la monstroteca", jiji

reptilio dijo...

hahaha confieso tener un par de libros que solo tengo ahi "para que los demás no se muevan" hahaha asi.

Son tan malos que los forre con periodico y con papel de regalos

y yo tampoco que hacer con ellos

Sícoris dijo...

¿Qué se hace?: Por ejemplo, lo que has hecho tú: convertirlos en materia de reflexión sobre los conceptos de bueno/malo, verdadero/falso. De entrada, ya les has dado una utilidad que, a buen seguro, no entraba en el cálculo de sus autores.

¿Qué haría yo?: Una vez cumplida su misión (que excede, con mucho, su objetivo principal), tirarlos a la basura. Primero, el de la "prevención", por dañino y excluyente, y acto seguido, el "ontológico", por sesgado e interesado.

Moisés dijo...

Sícoris, consideré mucho tu comentario. Tirarlos me parece lo mejor, sobre todo por las cuestiones de espacio. Pero luego pensé en que tengo mucho papel reciclado (utilizado por ambos lados) que pienso vender. Me parece que junto al destino del papel, estará el de los libros. Así, por lo menos recuperaré unos cuantos centavos de la inversión.

Así que jimeneydas y reptilio, ya tenemos un par de ideas para con esos libros, que en ciertos momentos se llegan a convertir en una piedra en el zapato.