viernes, 23 de mayo de 2014

Diccionario editorial: Versal, versalita

La palabra versal es un término que proviene de verso, porque es la letra con la que comenzaban los versos de los poemas. En relación con la tipografía es la mayúscula de imprenta. En cambio la palabra versalita es en letra de imprenta mayúscula pero con el tamaño de una minúscula.

martes, 13 de mayo de 2014

Diccionario editorial: la tres etapas de la lectura diagnóstica

Al leer el blog de Nisaba y su entrada que habla sobre el número de lecturas que se deben hacer antes de corregir o reescribir un texto  recordé los tiempos en que trabajaba en una revista. y en donde tres personas leíamos, cada uno, los artículos de la misma para pedir los cambios antes de que el equipo de diseño empezara a vaciar el contenido y a formar la revista. Mi entonces coordinadora editorial, en su proceso editorial -y quizá temor a la errata, gazapo, error o ausencia- no conforme con la primer lectura en la que se detectaban las incrongruencias del texto o la falta de claridad, que se arreglaban con el autor, volvía a cambiar el texto, le brindaba unos ojos nuevos, en el que se hacía el mismo proceso de lectura diagnóstica o de revisión. Después, ya que se hacía una revisión de tres vueltas y donde ya se había arreglado todo con el autor, se mandaba a diseño para que continuara el proceso de edición.
        Me parece que muchas veces el temor que se tiene al momento de revisar un texto (siempre está esa maldita voz -muy socrática, por cierto- que nos dice que no leímos bien, que seguro se nos fue algo) hace que deseemos leer una y otra... (y así al infinito) el texto para dejarlo más inmaculado que la virgen, claro que para eso se necesitan milagros. Por eso me resultó interesante lo que Jacqueline Murillo se pregunta y responde:
[...] ¿cuántas lecturas deben hacerse antes de corregir o reescribir? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Cincuenta?
La respuesta no puede ser absoluta. Cada publicación es distinta y habrá quien tenga el tiempo y los recursos para leer indefinidamente. Pero si se tiene el interés de alcanzar un proceso fluido, metódico y con una secuencia de pasos que puedan ir garantizando una edición más eficiente, la lectura diagnóstica puede reducirse a tres etapas hasta alcanzar la primera corrección de estilo.
        Como en anteriores entradas donde me baso en lo dicho por Jacqueline Murillo, lo siguiente es un resumen de lo que ella dice, y también una invitación a que sigan su blog. Para ella las tres etapas de la lectura son las siguientes:
  1. Una lectura general, de familiarización con el texto. En esta los comentarios deben ser mínimos. Ninguna corrección debe señalarse. Se puede iniciar una lista desordenada de los aspectos por corregir, según se van identificando. Esta servirá de guía para la elaboración de la hoja de estilos y para orientar los comentarios de la segunda lectura.
  2. Una lectura de marcado y comentarios. No debe ser todavía una corrección fina, pero durante esta etapa se elabora la hoja de estilos del documento y la lista de decisiones editoriales: ¿qué se unificará y por qué?, ¿qué se modificará, corregirá y por qué?, ¿cuáles son los problemas o dudas en donde será necesario pedir aclaración o criterio de especialistas?, ¿dónde se le solicita al autor reescribir o aclarar? Las marcas deben reducirse a subrayados para resaltar en dónde hay algo por corregir o intervenir, no son todavía marcas de corrección. Se elabora una lista de acciones de corrección que luego se convertirá en lista de cotejo y guía de la lectura de marcado de corrección. En esta etapa, conviene enviar el documento de vuelta a su autor o autora con el fin de solicitar su intervención en algunas zonas del texto, advertirle sobre las correcciones por realizar y obtener su aprobación para las decisiones que puedan ser críticas o polémicas.
  3. El marcado de corrección propiamente dicho. Puede hacerse de dos maneras: a) quien corrige marca para que alguien más implemente los cambios; b) se corrige el documento directamente (preferiblemente con el uso de la herramienta de seguimiento de cambios o con el uso de un código de color para mostrar la intervención del documento). Esto depende del flujo editorial de cada empresa editora.
        Después de estás tres lecturas previas, donde se tiene un diálogo con el autor y los especialistas, se lleva a cabo la primera corrección de estilo y la corrección ortotipográfica. Esto quiere decir, como comenta Jacqueline Murillo, que aquí "ya no estaremos haciendo lecturas diagnósticas: estaremos de lleno en los procesos de corrección y más cerca del final de la publicación, hasta alcanzar la corrección de pruebas".

jueves, 8 de mayo de 2014

Sobre las reacciones del autor (y otros demonios)

Definitivamente en el mundo de la edición hay un punto sumamente delicado una vez se ha leído el trabajo de un autor, esto es cómo decirle que su obra necesita retoques pues la sensibilidad del autor es enorme. He aquí un extracto del artículo Querido maldito editor donde entrevistaron al editor Enrique Murillo en El País, para la cual dijo lo siguiente:

¿Y cómo reacciona el autor cuando se le corrige, cuando se le dice que la obra necesita retoques? “La primera reacción suele ser bastante mala, casi de persona que se siente ofendida. Por eso tienes que ser extraordinariamente delicado y educado. Tú no eres el autor, tú eres el lector, y sólo tienes el derecho que te da el autor para hacer sugerencias sobre su obra. Él escribe, tú lees, y ese es tu papel, decirle cómo lo has leído… Este verano he hecho eso con dos autores que me suelen pedir esa ayuda. Para mí es un honor extraordinario. Es como ser invitado a un ensayo en primera fila”.

martes, 6 de mayo de 2014

Escribir es un privilegio, un acto mágico

"Una lectura permanente" es un texto que aparece publicado en la Revista de la Universidad de México donde Fernando Serrano Migallón hace un homenaje a José Emilio Pachecho. Más allá del homenaje me llamó mucho la atención el primer párrafo de su texto, que dice:

Escribir es un privilegio, no sólo el acto creativo que luego se publica y multiplica el diálogo, originalmente diseñado para funcionar entre pares, sino el hecho de convertir el pensamiento y la voz en signos gráficos aptos para guardar la memoria. Hay algo mágico en la escritura, por eso las culturas la han idolatrado y temido; al que escribe se le mira diferente, como si conociera un arcano distinto, como si supiera otras artes que vencen el tiempo, como si tuviera en la punta de su pluma la capacidad para hacernos felices o hacernos pasar por el aro del sufrimiento. Por eso en su momento el poeta francés Stéphane Mallarmé dijo que el poeta era el custodio de las palabras de la tribu; por eso a países como México, que siempre han admirado a sus escritores y que hoy los necesita más que nunca, la muerte de esos guardianes los conmueve profundamente.

El escritor tiene el privilegio de guardar la memoria, y como diría Heidegger de Hölderlin: es el custodio del ser. De ahí el proceso mágico de la escritura. Su escritura (que Fernando Serrano no dice nada del acto de nombrar) le hace vencer el tiempo.

 Más adelante, Fernando Serrano agrega:


Cuando un escritor de la talla de Pacheco se pone a traducir nos dice claramente que la literatura es de todos y que, por lo tanto y como quería Lautréamont, la escribimos entre todos. Él, Pacheco, solo sirve de escriba. Es conocida una anécdota que no le gustaba recordar pero que es claro ejemplo de su generosidad como hombre de letras: preocupado por el plazo de entrega que tenía su maestro Juan José Arreola con un editor, tomó al dictado algunos relatos, lo que ahora conocemos como el Bestiario, del escritor de Zapotlán el Grande.

Aquí el escritor no sólo es quien guarda la memoria y rompe con el tiempo. El escritor (que también puede ser un traductor de oficio) es también el traductor de un mensaje, de un mundo de ideas: la literatura la "escribimos entre todos", decía Lautréamont. De esta manera el escritor también se pierde en la universalidad. La autoridad de su pluma es tragada por la escritura que todos hacen, y más aún, la lectura que hacemos todos, como también dirá Derrida.