jueves, 11 de agosto de 2011

Leer, leer, leer


Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.


Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las olas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.


Leer, leer, leer, ¿seré lectura mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?



Miguel de Unamuno

miércoles, 3 de agosto de 2011

Pavic o los caminos de la lectura


Esto no es una reseña, aunque cuando terminé de leer el Diccionario jázaro de Pavic mi primer instinto fue escribir una, pero después de tres días de reposo de la lectura y de la recuperación que necesité al finalizarla, me puse a pensar que hablar de lo que escribió Pavic es difícil de ponerlo en palabras, creo que se necesitan sueños.
            Conocí a este autor de una manera bastante simplona. No fue en la universidad o en una plática de café. Era una tarde de junio de hace ya algunos años cuando estaba en una fiesta en el centro. Mi aburrición era enorme. Era la fiesta de mi hijo. Afortunadamente él se la estaba pasando muy bien, pero yo no porque estaba solo. De los varios invitados no podía platicar con nadie, es literal, uno sabe cuándo es bien recibido en un lugar. Cosas de ser papá separado. El punto es que estaba tan aburrido que pensé en ir al Fondo de Cultura Económica que está en la calle de Venustiano Carranza y comprar algo para leer, algo corto. Tenía ganas de leer algo sobre ajedrez y bajo esa idea le pregunté a un librero qué me recomendaba. A los pocos minutos regresó con Pieza única, de Pavic. Pagué el libro y salí contento de ahí para dirigirme al salón de fiestas y tener alguien con quién platicar. Ironía o cosa de la lectura, en cuanto llegué al lugar y abrí el libro para revisar de qué trataba un familiar de la madre de mi hijo llegó y se puso a conversar conmigo. Así terminó el intento de lectura.
            Pasaron los años y en el camino se atravesaron otros escritores, muchos de los que no recuerdo nada. Para el año pasado, aproximadamente a finales, dejé de comprar libros con la intención de leer a los ya siempre formados y cada día aumentados escritores de mi minibiblioteca. Creo que si uno compra un libro y no lo lee ese libro ya no será leído y hubiera dado exactamente lo mismo que no lo comprase. En fin, dubitativo comencé la lectura de un libro que no tenía nada que ver con el ajedrez más que en su forma abstracta. Pieza única es… Podría decir que una novela policíaca e hipertextual acompañada de sueños más espejos donde el lector se confunde con los personajes. Y fue así como me atrapó Milorad Pavic.
            Es poco común que lea a un autor seguido, es decir, de los únicos que si suelo leer varias obras seriadas es de los filósofos. Rara vez lo hago con escritores. El último había sido Paul Auster, pero después de leer Invisible perdió el encanto y abandoné sus escritos. Y no haré comentarios de Michel Houellebecq, quien me perdió más rápido de lo que se pierde una moneda de 10 centavos. Pero esto no me sucedió en el caso de Pavic, así que después de Pieza única leí Siete pecados capitales y hace unos días terminé El diccionario jázaro en su versión femenina (la curiosidad es enorme por saber cuáles son las diferencias con la versión masculina).
            ¿Qué es lo que encontré en Diccionario jázaro? Ruido. Voces de pájaros. Sueños de Pavic, sueños ajenos y propios. Recuerdos de comienzos vestidos de sueño más música. Gajes del oficio de amar a los libros, de editar o hacer corrección. Relaciones del pasado, conversaciones con lo que pienso totalmente relacionadas al eterno tema de la tesis. Pero lo que me mató fue la verdad de las palabras cargadas de veneno en, como dice una de las frases del libro, la novena página. Entonces redescubrí, la primera vez me pasó con Nietzsche, que la verdad es un engaño. Y en este momento me dan ganas de hacer mutis por la boca y dejar de escribir porque la herida está ahí, abierta, recordándome que estar herido es seguir viviendo.
            Eso fue lo que me encontré con la primer lectura, porque al igual que Rayuela, es un libro que exige, por su hipertextualidad, a más de un encuentro.; pero va más allá de la hipertextualidad, también se relee porque lo que se dice es aún más alentador –claro que me refiero al estímulo intelectual.
            Para no dejar de lado uno de los temas del blog seleccioné partes de la novela-diccionario que están relacionados con la lectura, con el pensamiento y con el libro. La trinidad en pleno funcionamiento.:

Cada uno de nosotros lleva de paseo delante de sí a su pensamiento como al mono atado de una cuerda. Al leer, siempre tiene dos monos: uno que es el suyo y otro que es el ajeno. O, lo que es aún peor, a un mono y una hiena. Y a ver qué es lo que va a darle de comer a cada uno. Porque la hiena no come lo mismo que el mono…

… alguien les dijo a los de la casa que todo libro, al igual que toda muchacha, puede convertirse en bruja, que su espíritu puede salir al mundo y atosigar y destruir a los que se hallen alrededor.


…aquel que sepa leer las partes de un libro en el orden correcto, puede crear de nuevo el mundo […]. Esa clase de lector no necesita siquiera del reloj de arena en el libro que le advierta cuándo hay que cambiar el modo de leer, pues el lector actual nunca cambia el modo de leer.
  
2. imagínense que dos hombres tengan cogido a un puma con dos cuerdas. Si quieren acercarse uno al otro, el puma atacará, pues los lazos se aflojan: sólo si los dos tiran al mismo tiempo, el puma quedará a la misma distancia de uno y de otro. Este es el motivo por el que el que lee y el que escribe difícilmente se acercan: entre los dos, capturado, está el pensamiento común, atado con cuerdas que tiran en direcciones opuestas. Si ahora le preguntásemos al puma, es decir al pensamiento, cómo ve a estos dos hombres, podría responder que los seres comestibles están tirando con las cuerdas de algo que ellos no pueden comer…


9. En lo que a ustedes, escritores, se refiere, tengan siempre en mente que un lector es como un caballo de circo, acostumbrado a recibir un terrón de azúcar cada vez que realiza bien su propio ejercicio. Si falta el premio del azúcar, no habrá ejercicio. En cuanto a los ensayistas y críticos, son como los maridos engañados: siempre los últimos en saber la noticia…


Somos nosotros, con nuestra cabeza, quienes nos encontramos en los pensamientos. Nosotros y nuestros pensamientos somos como el mar y sus corrientes: nuestro cuerpo es la corriente y nuestros pensamientos el mar. De este modo el cuerpo se crea un espacio en el mundo abriéndose paso entre los pensamientos. El alma, en cambio, los contiene a ambos…

–No soy yo quien mezcla los colores, sino tu vista –me respondió-. Yo no hago más que ponerlos en la pared uno junto a otro en su estado natural, y el que mira mezcla los colores en sus ojos como si fuera una papilla. Ahí está el secreto. Quien sepa cocinar mejor la papilla tendrá el mejor cuadro, pero la papilla no será buena si se hace con alforfón. Por lo tanto es más importante creer en mirar, en escuchar y en leer que en pintar, en cantar o en escribir.
[…]
–Cuando pinto es como si usase un diccionario de colores –añadió Nikon-, y el espectador compone con las palabras de ese diccionario las oraciones y libros, es decir, los cuadros. Así podrías hacer tú también al escribir…

Las letras también pueden compararse con las partes del vestido. Así como en invierno te pondrás prendas de lana o piel, un chal, una gorra con forro de invierno y te ceñirás bien la vestimenta con el cinturón, así en verano te vestirás de lino, libre y suelto, dejando de lado las prendas pasadas, mientras que en las medias estaciones añadirás o quitarás alguna cosa. Así ocurre con la lectura. En tus diferentes edades leerás libros de contenido distinto, pues combinarás la vestimenta de diversas maneras.

…cada escritor puede matar a su propio personaje en sólo dos líneas. En cambio, para matar a un lector, o sea aun ser humano de carne y hueso, basta transformarlo un instante en el personaje de un libro, en el protagonista de una biografía. El resto es fácil.


…las casas […] estaban una junto a otra como los libros en la biblioteca de Brankovich. Y llegué a la conclusión de que las casas son muy parecidas a los libros: tantas alrededor de ti, pero sólo entrarás en algunas y menos aún son las que visitarás o habitarás por un tiempo más largo. En la mayoría de los casos, a ti te ha sido destinada una posada, una fonda, una tienda alquilada por una noche o un sótano. Y raramente, muy raramente, te darás cuenta de que vuelves a entrar, empujado por un temporal, en el mismo edificio habitado tiempo antes y pasas la noche de nuevo allí, recordando dónde habías dormido y cómo todo, aunque siga siendo lo mismo, había sido distinto, y en qué ventana amanecían las primaveras y por que puerta salía en otoño…

Un libro puede ser como un viñedo regado con lluvia o uno regado con vino. […] Un diccionario es un libro que, exigiendo poco tiempo cada día, acaba por tomar mucho en el curso de los años. No hay que subestimar esa pérdida. Particularmente si se considera que la lectura en general es un trabajo ambiguo. Durante el uso, el libro puede ser curado o matado por la lectura. Puede ser cambiado, engrosado o violado. Su curso puede ser alterado, del libro siempre desaparece algo, las letras se pierden entre las líneas, algunas páginas caen de entre los dedos mientras otras, nuevas, crecen sin cesar ante los ojos, como si fuera una col. Un libro dejado de lado puede ser encontrado al día siguiente como una estufa apagada, en la que ya no espera una cena caliente. Además, hoy el hombre ya no dispone de tanta soledad como para poder leer libros sin dañarse, ni siquiera los diccionarios. Pero también esto tiene un final. El libro es como una balanza: se inclina primero hacia la derecha, hasta que se inclina hacia la izquierda, y también en la cabeza ocurre algo similar: desde la esperanza los pensamientos se trasladan a los recuerdos y todo termina. En el oído del lector quizá queda un poco de saliva del escritor llevada por el viento de las palabras y con un granito de arena en el fondo. […]
            En todo caso, leer un libro tan voluminoso significa pasar mucho tiempo solo. Y estar mucho tiempo sin una persona cuya presencia es indispensable, porque la lectura a cuatro manos no se usa todavía.”