jueves, 27 de noviembre de 2008

Festejando mi velorio

(Escrito el 27 de noviembre)
Si hoy fuera mi funeral me gustaría que sucediera lo siguiente:

Me gustaría que las personas que me rodean en lugar de llorar estén muertas de risa; me gustaría ver a las personas que me formaron porque considero que una persona es el compuesto de muchas otras personas. Me gustaría que se leyera la poesía que más me ha causa impresiones en mi alma y finalmente me gustaría que todos los presentes se alejaran y continuaran con sus vidas.

A las personas que amo, siempre las amaré, a mis enemigos les daré las gracias porque sólo con ellos pude crecer, a mi hijo le diría que la vida es una montaña rusa, nunca hay que tenerle miedo a enfrentarse a ella y hay que disfrutarla, aunque se esté en la cima o en la sima. A la mujer de mi vida, bueno, ella siempre será ese primer sorbo de café (el primero siempre es fuerte y deja un agradable sabor en la boca, los demás nunca serán iguales).

Este es mi testamento, lo que soy, lo que fui, lo que no seré.

Vuelvo al sur, Astor Piazzolla


Son muchos mis poemas favoritos, pero en este momento sólo me mueven dos:

Yo no lo sé de cierto

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)

JAIME SABINES

Llagado de su desamor

Hoy me quito la máscara y me miras vacío
y ves en mis paredes los trozos de papel no desteñido
donde habitaban tus retratos,
y arriba ves las cicatrices de sus clavos.

De aquel rincón manaba el chorro de los ecos,
aquí abría su puerta a dos fantasmas el espejo,
allí crujió la grávida cama de los suplicios,
por allá entraba el sol a redimirnos.

Iba la voz sonámbula del pecho combo al pecho,
sin tenerse a clamar en el desierto;
ahora la ves, quemada y sin audiencia,
esparcir sus cenizas por la arena.

Iba la luz jugando de tus dientes a mis ojos,
su llamarada negra te subía de los hombros,
se desmayaba en sus deliquios en tus manos,
su clavel ululaba en mi arrebato.

Ahora es el desvelo con su gota de agua
y su cuenta de endrinas ovejas descarriadas,
porque no viven ya en mi carne
los seis sentidos mágicos de antes,
por mi razón, sin guerra, entumecida,
y el despecho de oírte: "Siempre seré tu amiga",
para decirme así que ya no existo,
que viste tras la máscara y me hallaste vacío.

GILBERTO OWEN

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