lunes, 17 de diciembre de 2012

Diccionario editorial: 12/14, 10/11 u 8/9

12/14, 10/11 u 8/9, no, de verdad que no son quebrados aunque eso parecen. No hay que espantarse. Los números 12, 10 y 8 indican, en puntos, el tamaño de las letras, desde la base hasta la cabeza. Los números 14, 11 y 9 indican, en puntos, la medida del lugar que ocupan los caracteres desde la base de un renglón inferior hasta la base de un renglón superior. Estos tamaños están establecidos de esta manera porque es la combinación ideal entre el espacio en blanco, el tamaño y ancho de la letra, para el ojo y su relación con la lectura.

martes, 20 de noviembre de 2012

¿Qué se hace con los libros que no regalarías ni a tu peor enemigo?

Bueno o malo en general me parecen palabras que tienen un cierto grado de complejidad al momento de emplearlas. ¿Por qué digo esto? Porque, como lo hizo notar Nietzsche en Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral, ambas palabras han tenido una inversión de valor dejando de lado su terreno moral para estar en el de la verdad. La mentira se confunde con la falsedad, y todo lo que es una mentira está contra la verdad. Bajo esta estructura decir que algo no es bueno (es malo) es afirmar que no es verdadero. Las implicaciones que hay en la conjugación de lo Verdadero con lo Bueno pueden ser terribles y llegar a grados extremos de idealismos (quema de libros, creencias religiosas, genocidios...). Dicho de otro modo: el "quién no está conmigo, está contra mí" parte de la conjunción arriba señalada. Sólo quien tiene la verdad es bueno y conoce el camino correcto para los demás.
    Todo lo anterior es para señalar que el terreno de los libros, y de las personas que gustamos de la lectura, la conjunción no queda de lado. Seguramente muchos hemos emitido o escuchado juicios que van desde las recomendaciones con expresiones como "no leas a fulano, porque es muy mal autor, además de que pretende solucionar la vida de las personas" o "tal libro es una basura, su autor no sabe nada de lo que dice". Esto, como se podrá percibir, va de la mano de la idea de que hay una buena y una mala literatura, y por ende, una literatura ligada con la verdad, y otra que está ligada con la mentira.
    Para ser sincero, mi primer juicio literario siempre parte de algo muy básico: me gusta lo que leo o no me gusta lo que leo. Parto de ese nivel porque considero que primero la literatura me entretiene, ya que satisface mi necesidad básica de imaginación. Posteriormente paso mi lectura a un nivel de análisis: ¿qué quiere decir la obra?, ¿con qué autores está conversando el escrito (y también el autor)? Y, finalmente, me pregunto si releería la obra. Es muy poca la literatura que llevo al terreno de lo verdadero (y nótese que procuro nunca llevarla al de la moral). De hecho, aunque lea filosofía o algo de ciencia, procuro no llevar la lectura al terreno de la verdad. El motivo es muy largo para explicarlo en una entrada del blog.
    Estas palabras son sólo el pretexto para que se entienda el grado de confusión en el que me encuentro. Quizá confusión sea una palabra poco pertinente, creo que es más consternación. La semana pasada me regalaron un libro (en la imagen es el de portada azul) y hace un par de meses compré uno para la tesis (portada blanca). El libro que me regalaron no lo pienso leer, lo tengo por cierto. El motivo, habla de la sexualidad abordada desde una visión cristiana. Ven la homosexualidad como algo antinatural y relacionan las malas experiencias de las personas con su infortunio de vida y su falta de relación con dios. Nótese que digo esto con tan sólo leer algunas páginas. Para mí las premisas son una aberración. En primera porque soy agnóstico y preocuparme por la existencia de dios me parece un caso irrelevante. En segunda, y la que tiene mayor peso, porque se me hace ofensivo juzgar a las personas por lo que decidieron ser.
    Respecto al libro que compré para la tesis, me dejé llevar por el título. Ontología del lenguaje sonó muy acertado para leer en estos momentos en los que estoy trabajando con la tesis. De la contraportada revisé el resumen. Me convenció, se cita a Heidegger en ella. Ello me llevó a pensar que me sería de mucha utilidad. La semana pasada lo empecé a leer. Gran fiasco. El autor relaciona la ontología con el entrenamiento personal (empresarial). Utiliza las palabras como si fueran calzones. Habla de ontología y la define, sí, pero desde el punto más débil donde se puede definir. Grave error para una palabra con tanta historia, con tanta carga semántica, y que por ello mismo puede ser tan vacía. El pésimo manejo de conceptos, así como el mismo cuidado de la edición hizo que el mismo día que empecé a leer el libro, lo cerrara.
    Como todo amante de los libros, soy enemigo de quemarlos o tirarlos, o maltratarlos. Pero en este caso he estado considerando hacerlo. ¿Qué hacer con ambos libros? Es una pregunta que me atormentó todo el fin de semana. Había pensado dejarlos en la calle para que los tome alguna persona que los necesite, pero luego pensé que ellos se podrían dejar llevar por el título, sobre todo por el de Ontología... (sí, cómo no). También he pensado tirarlos. El punto es que nadie más lea los libros, que nadie se tope con su contenido, porque no sólo son grotescos (en cuestión de gusto), también están escritos desde una argumentación débil, manipulada por la idea del consumismo y de la antinatura, lo que hace que lleguen a ser falsos.
    Ser un censor tiene un peso terrible, porque la primera pregunta que viene es: ¿qué se hace con un libro que tiene las características arriba señaladas? Es peor cuando el censor no gusta de moverse en terrenos donde se combina la verdad con lo bueno. Pero, por otro lado, también está la razón...
    Por lo mientras, en lo que planeo qué hacer, dejaré unos días más los libros en mi escritorio. Si tienen sugerencias o alguien quiere algunos de los dos, hágamelo saber.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Necesito silencio

Desde hace ya varios años me he enfrentado, en cada espacio de trabajo, a un factor que cada día se me hace más complicado bloquear: las voces, que en determinados momentos de la jornada laboral simulan los de una plaza. Sí, las voces están ahí, y no son las mías, no son las que habitan mi mente y que luego dan paso a algún personaje de cuento. Las voces a las que me refiero pertenecen a los compañeros de trabajo. Son esas voces, que como los chismes, nacen sin motivo alguno. Irrumpen el espacio y hacen que el lugar donde se trabaja sea agradable. Sin embargo, las voces (más la música, las pruebas de audio, y otros factores) impiden que pueda tener una concentración adecuada al momento de corregir un texto.
    La otra vez platicaba con una amiga sobre esto, le decía que cuando era estudiante podía leer en el camión a la par que me bloqueaba con los audífonos y por algún medio que olvidé, no escuchaba ni la música ni los sonidos del entorno. Creo que me engañaba. En realidad muchas de las páginas que leí en aquel momento pasaron de largo ante la mirada. Le decía a mi amiga que conforme han pasado los años dejé de leer filosofía en cualquier sitio, de hecho necesito un lugar que esté en total silencio (o por lo menos que pasen los menores sonidos y que tenga muy pocos distractores). Desafortunadamente lo mismo me está pasando en el trabajo.
    La lectura es un ejercicio que requiere del silencio porque exige mucha concentración, ya que leer es mantener un diálogo con el autor, pero no sólo con él, también con los otros, esos escritores que están ocultos en el texto y con los que el autor está dialogando. Leer es similar a estar en una mesa redonda, donde uno tiene que escuchar lo que los otros dicen para poder participar. El problema al que me enfrento, porque posiblemente muchos pueden leer con distractores, es que no puedo participar cabalmente del texto. Ahora, si esto pasa en el nivel de la lectura, en lo que respecta a la corrección el problema aumenta.
    Corregir un texto es algo más que leer. Sí, es leer pero va más allá de la lectura. La corrección, creo yo, se realiza en tres niveles: el primero, letra por letra; el segundo, la significación de la oración, lo que implica revisar la estructura sintáctica y gramatical del texto; finalmente, el tercero corresponde al significado, el mensaje del texto, la intención del autor. Lo interesante de la corrección es que los tres niveles se hacen al mismo tiempo. Además, en la lectura del corrector está la visión desde el que ve como imagen (el primer nivel de la corrección), hasta el que ve lo abstracto del texto (segundo y tercer nivel).
    Entonces, para corregir en estos niveles es necesario estar concentrado, ser una entidad que está en los tres niveles. Por lo tanto, cualquier sonido puede romper con ese equilibrio y el monje puede perder el nirvana del mundo.
    Hace tiempo leí un texto que hablaba del deterioro de la edición en todos su niveles (desafortunadamente no tengo la referencia), y dada mi reciente experiencia, más el traer a la memoria un texto de George Steiner que trata sobre la lectura y el problema de los libros de bolsillo, donde la portabilidad ha mermado en la comprensión del texto, me puse a pensar que el oficio del editor está afectado por todos estos factores. Lo interesante del asunto es que todo esto se debe a que la palabra, en su relación con la escritura y por ende con el libro, está implantanda en el nivel de lo sagrado. Y al estar insertada en este nivel, el espacio requerido es también un lugar sagrado, donde no se puede profanar el espacio (con silencio, obra y omisión -como dirían los clérigos letrados).
    Sé que es una hipótesis demasiado aventurara, instalada en muchos vacíos, pero piénsese que durante toda la historia del libro, los espacios donde se realizaba la escritura o la copia estaban consagrados a la divinidad y al silencio. Y que desde que se inventó la imprenta, en específico a partir de la masificación del libro, el oficio se encontró ante varios cambios de paradigma.
   Sea pues el paradigma a resolver. O se adapta, o se muere.

martes, 30 de octubre de 2012

El fin justifica la redacción


El lunes empezó bien. El trabajo me dejó una nueva sonrisa en la cara. La novedad es la siguiente, me acabo de enterar que algunas monedas no tienen dos caras. Esto lo digo por la esta afirmación: “La moneda mexicana tiene dos caras”. Muy en el sentido de la avidez de novedades emprendí una búsqueda en la web para dar con las monedas que no son mexicanas y que tienen más de una cara (quizá hay monedas con tan sólo una cara, como esferas). Busqué y busqué y nada encontré. No por lo menos en las monedas actuales, porque recuerdo que algunas monedas chinas tenían la peculiaridad de ser relativamente amorfas. Pero, en el uso actual todas las monedas, con el perdón del autor de matemáticas, tienen dos caras.
   Por la tarde empecé a revisar un nuevo documento, también de Matemáticas. En ese texto la redacción empeoró. El nivel de trabajo tuvo que ser mucho más minucioso, el resultado se notó en los comentarios que el autor recibió. En este texto lo que llamó mucho mi atención es la poca coherencia lógica, no en el escrito, sino en la finalidad del escrito. Para los autores es un reto, debo aceptarlo. Ellos tienen que escribir un guión, casi de radio, donde ponen contenidos educativos. Los diseñadores instruccionales, en su mayoría pedagogos, leen el contenido y trabajan el texto para indicar a los programadores, ilustradores, y animadores, lo que el contenido necesita. Es ahí la segunda mano del contenido. En el texto que estuve revisando, con el diseñador de instrucciones reinó una frase: se verá en pantalla. Rápidamente eliminé la frase, no necesitaba leer más al respecto. ¿Por qué lo hice? En primera por la economía de las palabras. Decir una instrucción en pocas palabras es algo que programadores, ilustradores y animadores agradecen. En segunda, porque los materiales se convierten en objetos digitales y evidentemente el producto se ve en una pantalla.
   Me preocupa que las personas no piensan lo que escriben, en el sentido de no identificar el medio donde se verá reflejado su trabajo. Así como para escribir hay que tener muy claro el público al que se dirigirá el escrito (en este caso niños de entre los 12 a los 15 o 16 años), así debería pasar en el medio para el que se escribe. Si lo que escribo es para una película animada, poner muchos elementos sólo entorpecen la rápida lectura, en el sentido de que para el equipo de trabajo es importante identificar lo que tiene que hacer, sobre todo cuando el tiempo es tu peor enemigo.
   Afortunadamente para eso sirve el oficio del corrector, para ser el ojo externo al contenido mismo y poder llegar a las conclusiones que les estoy comentando, mismas que saben los autores de los guiones que reviso.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El problema de la traducción en el mismo idioma

Corregir un texto cuando no se tiene al autor sentado junto a uno implica dar por sentado lo que el autor estaba pensando al momento de redactar su texto. Desde ese momento empieza el trabajo de la traducción de un pensamiento a otro pensamiento, aunque es en la misma lengua. Preguntas como:

  • ¿Qué quieres decir?
  • ¿A qué te refieres con?
  • ¿De qué modo puedo entender estas palabras?
  • ¿Cuando utiliza esa palabra, estaba pensando en determinado contexto?
  • ¿Qué estaba haciendo el autor a las cinco de la tarde, y sin café?

Y es que luego uno lee oraciones como las siguientes:

Aparecerá una calle; deberá haber la salida de un callejón oscuro; será poco después del anochecer.

Entonces uno se siente un indio, va al baño y se pinta la cara para saludar a todos con la pipa de la paz.
   De entrada el uso del verbo con el que inicia la oración es un problema. Aparecerá... no una persona, no un perro, no un avión, no una araña, ni mucho menos un fantasma, lo que aparecerá será una calle. Sí. En un acto mágico la calle brotará en el escenario y las luces caerán, como gotas de lluvia, en tan dichoso personaje.
   Luego tenemos el pequeño detalle del callejón apache con la oscura redacción, más oscura que la oscuridad misma que ya de por sí parece que tienen todos los callejones.
   Finalmente está otra oración, magistralmente temporal. El tiempo del melancólico será donde todo transcurrar. La bohemia presente en la oración, y también la botana.

Todos las oraciones que están en el enunciado pasado están separadas por punto y coma. Entonces parece que el autor está indicando que todo pasarará al mismo tiempo. Me pregunto si la salida del callejón oscuro será por la galanura de la calle que aparece en un rapto de encanto para, quizá dar un beso al callejón. No, por desgracia no es así.
   Lo que el autor en realidad quizó decir es lo siguiente:

En una calle se verá la salida de un callejón oscuro. Todas las acciones que vivirán los personajes sucederán al atardecer.
¡Ah! Tan sencillo que era decir eso.

Definitivamente, hacer corrección de estilo es muchas veces traducir el pensamiento de un autor.

lunes, 22 de octubre de 2012

De esas palabras...

La semana pasada tuve un encuentro cercarno del tercer tipo con una palabra que he usado en más de una ocasión, incluso he comprado productos que utilizan la palabra, pero nunca la había escrito: destapacaños. Estaba revisando un texto de química cuando leí la palabra "destapa caños". Entonces empezó la gran duda. ¿Se escribe junta o separada? Después de una rápida búsqueda en algunos manuales y de consultarlo con el otro corrector, llegamos a la conclusión de que destapacaños tenía que escribirse junta. Tal y como se escribe sacacorchos (palabra que está registrada en la RAE, pero no destapacaños). Esto se debe a una regla sencilla, las palabras compuestas como sacar y corcho, claro y oscuro, etcétera, se unen para formar una sola. Por esa razón se dice destapacaños y no destapar caños.

Independiente de esta breve reflexión ocasionada por la corrección, ese día estuve pensando en la cantidad de palabras que se quedan sin estar en un escrito; miles que muchas veces hablamos pero que no escribimos.No están en el olvido, no, pero su condición tampoco hace que sean parte importante en un texto. Cuando le comenté esto a mi querido Francisco de León, él me comentó que en una ocasión se enfrentó a algo similar con la palabra "tocayo". ¿Ustedes, qué palabras utilizan y nunca han escrito?


domingo, 14 de octubre de 2012

Editar: un diálogo


Algunas veces editar es un oficio que puede causar ciertos conflictos al editor, sobre todo cuando la publicación que estás trabajando tiene a varios autores. En estos momentos he estado trabajando con la segunda publicación del Cuarto Aniversario de Noctambulante. Los textos, todos relacionados con el cine y los monstruos, son muy interesantes y algunos sumamente entretenidos. Y es ahí cuando empieza el problema. ¿Cómo iniciar el diálogo entre el autor y el lector? ¿Cómo propiciar un diálogo entre los mismos autores dentro de la publicación? ¿Cómo hacerlo en la totalidad de la obra con el lector?
Lamentablemente no se puede aplicar la vieja costumbre del profesor. Aventar la primera página del escrito y decir: los que caen sobre la mesa, van primero, los que caen en el suelo van al final. No, aunque algunas veces dan ganas de hacerlo. El problema es que no soy tan... vale madres. Me gusta, y considero una obligación, generar un diálogo (de toda la obra con el lector). Y es que hacer cualquier publicación (libro, revista, etcétera) es un diálogo constante, no sólo con el texto, sino con las imágenes, la tipografía, la disposición del texto, y donde todo empieza con la portada.
¿Qué haces cuando no tienes claro el orden de aparición de los textos? Yo tengo un método básico. En este caso ya sé con qué textos comenzaré, pero no cuáles seguirán. El método es simple. Si ya tienes algunos textos que sabes dónde quieres, ordenas los demás de manera aleatoria, es decir, intercalas el orden en distintas lecturas. Luego, pones atención en lo que se dice y haces tus anotaciones. Las anotaciones que yo hago responden a una pregunta básica: ¿tiene coherencia la publicación? Y a dos preguntas más: ¿el orden de los textos hace que el lector siga leyendo toda la publicación? Y ¿me gusta lo que se dice? Cuando todas las respuestas son favorables, entonces doy una última lectura al orden que tiene a favor todas las respuestas.
Claro que este método tiene una forma azarosa y también subjetiva. No necesariamente lo que me gusta a mí le gustará al lector. Pero bueno, ¿qué diálogo no comienza ya con una trampa, con una disposición e intencionalidad de la persona que lo inicia?

jueves, 4 de octubre de 2012

Ocultado un sentir

Escribir es una de las actividades más complicadas. ¿Por qué? Porque cuando escribimos reflejamos nuestro estado de ánimo: alegría, tristeza, preocupación, enojo... Y la complicación radica en escribir pensando en el lector. No es lo mismo escribir para uno, en su diario, donde se puede reflejar totalmente el estado de ánimo y donde poco importa el estilo, a escribir para un diario, una revista, una agencia de publicidad, incluso un trabajo escolar. Un escrito es igual que un diamante, su valor y belleza se adquiere por el modelado, por el brillo que tiene (técne, dirían los griegos), y no le viene de su estado en bruto. Y aunque siempre se halaga cómo mediante un escrito un autor pudo hablar de determinado sentimiento, de seguro ese sentimiento nunca es el mismo, el que sintió el autor.
       Dice mi admirado Vicente Quirarte que hay que escribir con todo el cuerpo. Aunque la frase me atrae, me deslumbra, pienso diferente. No puedo escribir como siento porque lo que siento me rebasa y pasa al terreno de lo inefable. No puedo escribir con la intensidad que habita en la música, o en el beso, o en el llanto, o en el sentimiento de sentirte en la nada, pero puedo narrar lo que siento sin que por ello llegue a expresar en totalidad la intensidad. Una frase que me gusta mucho dice: Hay gran distancia de la boca al vaso. Es esa distancia la que hace que el oficio de escribir sea tan complicada. Sin embargo, se escribe.

miércoles, 3 de octubre de 2012

De la autocorrección o el alter ego en pleno fracaso

En los últimos días me he enfrentado a un viejo fantasma: la autocorrección. Digo que es un viejo fantasma porque en verdad es uno de los ejercicios más complicados que he hecho desde que decidí dedicarme a la escritura. Llevar lo que produzco ante el ojo crítico, ante el ojo que logra analizar todo con la meticulosidad del otro, simplemente me parece una cosa de locos, un ejercicio donde el desdoblamiento puede resultar una verdadera catástrofe. Una lucha en el propio alter ego, eso es lo que siento cuando tengo que realizar determinado ejercicio.
       Recuerdo que cuando estaba en la secundaria amaba jugar ajedrez (aún lo amo) pero como no tenía nadie con quién compartir tal pasión lo que hacía era sentarme en una mesa y jugar contra mí mismo, la ventaja es que siempre ganaba, siempre yo salía victorioso. Moi, me decía, moi, me contestaba. El ejercicio era un verdadero engaño pues nunca me pude atacar con la fuerza y vitalidad con la que me gusta. Mi problema con la autocorrección es similar. Tengo la desventaja de recordar lo que escribo, de saber de memoria lo que puse, casi palabra por palabra. Desventaja grande para jugar al desdoblamiento, porque mi mente percibe esto como si fuera algo que está hecho, y bien, porque cuando das por terminado algo es porque supones que está bien.
      Y luego está la costumbre de los procesos, de tener una persona en quien apoyarse, porque eso es el corrector, alguien que con su mente indiferente al texto, ajena al texto, revisa lo que hiciste. Esa persona también puede ser tu tutor de tesis, tu mejor amigo, tu editor. Por el momento estoy en un lugar donde esta figura no está, no porque no quiera estarlo, sino por la carga cotidiana de trabajo. Entonces está la confianza en el otro y los errores que llegan al cliente. Entonces se siente el peso de los fantasmas y la preocupación.
     Sé que es posible la autocorrección porque he notado que algunas personas, pocas en realidad, pueden llevar a cabo esta actividad. Yo tendré que aprender a no ser yo, como lo estoy aprendiendo al momento de escribir lo que ahora tengo que escribir. Para escribir es necesario ser uno mismo, pero también aprender a ser el otro. Este mismo proceso se debe realizar en la autocorrección: saber ser el otro.


Si me ven caminando por la calle, con las ropas desgarradas, los zapatos rotos, el pelo hecho una maraña, quiere decir que mi conflicto conmigo fue terrible, la locura se quedó corta y muy seguramente terminé como el matemático de Pi, el orden del caos.
Se aceptan sugerencias al respecto.

lunes, 27 de agosto de 2012

Cagada de mosca

Uno de mis gustos literarios consiste en leer aforismos porque considero que la brevedad y la capacidad sintética de decir mucho en tan pocas palabras es un reto, incluso aún en estas fechas en que gracias al Twitter todos presumen sus dotes literarias en 140 caracteres. Uno de mis escritores favoritos y que considero que emplea el aforismo es Ambrose Bierce en su grandilocuente y mordaz crítica El diccionario del diablo. Hace días, en busca de inspiración laboral, volví a releer la citada obra y me encontré con esta entrada:

Cagada de mosca, s. Prototipo de la puntuación. Observa Garvinus que los sistemas de puntuación usados por los distintos pueblos que cultivan una literatura, dependían originalmente de los hábitos sociales y la alimentación general de las moscas que infestaban los diversos países. Estos animalitos, que siempre se han caracterizado por su amistosa familiaridad con los autores, embellecen con mayor o menor generosidad, según los hábitos corporales, los manuscritos que crecen bajo la pluma, haciendo surgir el sentido de la obra por una especie de interpretación superior a, e independiente de, los poderes del escritor. Los "viejos maestros" de la literatura, --es decir los escritores primitivos cuya obra es tan estimada por los escribas y críticos que usan luego el mismo idioma-- jamás puntuaban, sino que escribían a vuelapluma sin esa interrupción del pensamiento que produce la puntuación. (Lo mismo observamos en los niños de hoy, lo que constituye una notable y hermosa aplicación de la ley según la cual la infancia de los individuos reproduce los métodos y estadios de desarrollo que caracterizan a la infancia de las razas.). Los modernos investigadores, con sus instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la puntuación de esos antiguos escritos, ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o "Musca maledicta". Al transcribir esos viejos manuscritos, ya sea para apropiarse de las obras o para preservar lo que naturalmente consideraban como revelaciones divinas, los literatos posteriores copian reverente y minuciosamente todas las marcas que encuentran en los papiros y pergaminos, y de ese modo la lucidez del pensamiento y el valor general de la obra se ven milagrosamente realzados. Los autores contemporáneos de los copistas, por supuesto, aprovechan esas marcas para su propia creación, y con la ayuda que les prestan las moscas de su propia casa, a menudo rivalizan y hasta sobrepasan las viejas composiciones, por lo menos en lo que atañe a la puntuación, que no es una gloria desdeñable. Para comprender plenamente los importantes servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar una página de cualquier novelista popular junto a un platillo con crema y melaza, en una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante y el estilo más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición. 

La primera vez que leí el texto no me llamó tanto la atención, en primera porque era un joven estudiante de los primeros semestres de la carrera en Filosofía, y en segunda, porque no estaba tan relacionado con el mundo de la edición.

Nota mental: Tengo una anécdota bastante simplona de El diccionario... y una clase que tomé con Federico Reyes-Heróles. Estábamos en su seminario sobre Elías Canetti y Norbert Elias cuando Federico Reyes-Heróles preguntó al grupo si alguien había leído la obra en mención. Yo, temeroso porque no me caracterizaba por participar, levanté la mano y dije un casi inaudible yo. De pronto, Federico me pregunta muy a la ligera "¿Cómo está escrito El diccionario...?" y como el ruido de la pregunta me ensordeció (me refiero al ruido semántico) contesté que a manera de diccionario. Federico se me quedó viendo, y dijo "no me refiero a eso, me refiero a que está escrito en aforismos", entonces asentí con la cabeza. Si me hubiera preguntado por el estilo de la obra, entonces le hubiera contestado con precisión. Ni hablar, a partir de ese momento quedé en su clase como un loco más. 

martes, 24 de julio de 2012

Aquello que se llama estilo

Sin duda la gran preocupación de toda persona que aspira a ser un escritor es aquello que se llama estilo (voz o identidad). En mi caso, no sé si por fortuna, me vino desde los primeros escritos. Creo que mi estilo llegó más porque nunca me ha importado conocer mi estilo, o llegar a él. Para mí todo se reduce a una cuestión de gusto y claridad. ¿Me gusta? Sí. ¿Se entiendo lo que quiero decir? Sí. Entonces, listo. Hasta ese momento ha quedad terminado el escrito. Digo hasta el momento porque siempre vienen las relecturas, el sentido de perfección de una obra, y... bueno, muchos han de saber a qué me refiero. Corregir puede ser toda una Muerte sin fin.
    Hace algunos meses una de mis primas me regaló un libro que se titula Despierta y lee, de Fernando Savater, quien es conocido por ser uno de los filósofos españoles más importantes. Debo confesar que cuando leí su Ética para Amador, poco interés tuve (en el aspecto filosófico) y lo dejé como un escritor para señoras de dinero que sólo leen lo sencillo y de moda. Leer Despierta... la curiosidad de las personas y abre el juicio, al menos eso me pasó. Me sorprendió conocer escritos de Savater que en filosofía nunca hubiera leído, escritos que tienen la función de divulgar u opinar sobre cualquier cosa, pues el libro que menciono está compuesto de sus artículos de periódico. Pero no es de esos artículos de los que quiero hablar, sino de su breve reflexión sobre el estilo que busca el escritor.
    ¿Qué es el estilo? Contesta Savater:
[…] En efecto, quienes se esfuerzan por tener un estilo, quines padece esa voluntad de estilo que antaño me pareció tan esencial, escriben pendientes no de lo que quieren decir –muy bien pueden no querer decir nada–, sino sólo de los efectos idiosincrásicos que producirá en el lector su forma de decirlo. Lo principal para ellos no es que el destinatario del texto comprenda lo dicho y lo valore, sino que sea muy consciente de que lo ha dicho Fulano. Y por tanto la voluntad de estilo no será otra cosa que el empeño que pone Fulano en ser enormemente Fulano, ese Fulano que él supone que debe ser: Fulano el Gran Pensador, Fulano el Poeta, Fulano el Castizo, Fulano el Críptico, Fulano el Cachondo Deslenguado, Fulano el Rebelde, etcétera. No cuenta el asunto de que se escribe, no cuenta acertar o desbarrar, no cuenta ni siquiera lo literario como tal, sino que sólo cuenta Fulano. Fulano el Inconfundible… porque se confunde solo. […] Cuando abandoné la voluntad de estilo, me propuse algo más difícil todavía: escribir como todo el mundo. Es decir, como todo el mundo si todo el mundo supiera decir por escrito lo que piensa con perfecta naturalidad, tal como le apetece en cada momento, a veces de modo risueño, otras patéticamente, frío o cálido a voluntad…, pero sin voluntad estilística. No hace falta decir que tampoco este objetivo me ha sido concedido[…]. Al final la pereza decidió por mí y ahora mayormente escribo como me sale, procurando evitar tan sólo los más notorios despistes sintácticos o semánticos y no repetir tres veces la misma palabra en una sola línea. Lo cual también lleva su trabajo, justo es decirlo.
Así que para concluir con esta breve entrada, no hay que olvidar que se escribe para tener lectores y que esos lectores nunca sabrán lo que pensamos y no tendrán la oportunidad de preguntarnos directamente qué es lo que queríamos decir en tan parte. Por lo tanto, la preocupación principal del escritor debería ser...

martes, 1 de mayo de 2012

Vita brevis

Es lamentable comprender la manera tan rápida como se pierde la costumbre de escribir, de sentarse y externar los pensamientos; lo lamentable viene de uno, de la exigencia, del acto de escritura. Yo dejé de hacerlo porque me dio por saturar mi tiempo con el trabajo, pero ahora espero retomar con más constancia las entradas al blog.


Decidí titular esta entrada Vita brevis porque es lo que sentí durante un mes: la brevedad de la vida, desierto de los días y polvo en los ojos. Todo empezó con un correo en el que se me invitaba a ser autor del libro de Español, segundo grado de secundaria para una conocida editorial. Sin pensarlo, acepté el reto. Digo reto porque mi experiencia con los libros de texto eran desde el plano de la edición, en particular desde la digital.
   Después de trabajar en el rediseño de Enciclomedia participé en el desarrollo de guiones (sobre todo del contenido) del proyecto gubernamental de Habilidades Digitales para Todos (HDT). Los guiones, objetos de aprendizaje, son una herramienta educativa que buscan fortalecer la educación del alumno. Verdadero reto cuando se tiene conocimiento de las fallas en la educación. Los contenidos que creaba, bajo la batuta de mi admirada Artemisa Martínez, eran para la materia de Español.
   De ahí el trampolín al libro, con un intermedio de frustración gubernamental. Horas de exámenes para postularme como Coordinador de publicaciones del Centro de Estudios Migratorios, perteneciente al Instituto Nacional de Migración, y después de los exámenes saber que la plaza no la obtuve por problemas de salud... Pero bueno, regresando al libro. A los días vino el correo (que algunas veces se siente como el llamado).
   No pude negarme, no por eso que llamamos ego. Una junta y a los dos días empecé a trabajar en la redacción de los contenidos. 52 páginas por bloque, una semana, más el aparato crítico y otros elementos que pertenecen al libro. En verdad eso lo hacía más un reto. La educación, bueno, está el Acuerdo 592, y ahí los lineamientos para la educación.
   Un día para pensar cómo escribirlo, qué decir. Y entonces empecé a escribir, a generar el contenido. Así pasaron los bloques, y llegó lo inevitable, la última fecha de entrega. Locura, dos capítulos pendientes. Sin coautoría porque la comunicación con mi editora fue poco eficiente respecto al tema. Y llegó la mano salvadora de mi amiga Norma López. Gracias a ella existe el Bloque V, gracias a ella no acaricié por más tiempo a la locura y las horas de sueño, que en ese mes se redujeron a dos por día, fueron de dos por día y no nulas. Por desgracia, en el libro ella no puede aparecer como coautora (asuntos de la editorial), pero he aquí su reconocimiento.
    La fecha de entrega de los últimos bloques fue para el jueves santo. Esa semana sentí que mi cuerpo descansó. La tensión a la que me enfrenté fue mucha, tanto en lo psicológico como en lo económico (no se puede trabajar pensando que ya no tienes dinero). Ahora el libro está en correcciones y la moneda en el aire. Su publicación depende de la aprobación de la SEP.
    Como decía al principio. Con la escritura del libro aprendí que la vida es en verdad un suspiro y comprendí que para transformar a México el primer enemigo a vencer es el libro de texto (que de ahora en adelante será libro detesto). Por qué me refiero así de un artificio tan noble, varias son las razones.



  1. Los libros de texto, en nuestro país (desconozco su lo mismo pasa en otros lares) se tienen que escribir primero cumpliendo el Acuerdo 592. Los contenidos que en el libro están son interesantes pero tienen un gran problema. Están construidos desde la fragmentariedad del discurso. Lo que quiero decir con esto es que lo que impera en el Plan de estudios es que los temas no tienen una unidad. ¿Cómo queremos que nuestro lector, que debe en todo caso razonar, entienda y dé coherencia a los temas que ve si no hay unidad?
  2. Sumado al punto uno viene otro gran problema. Los libros de texto se convirtieron en manuales de ejercicios. La fórmula que quiere la SEP es de ejercicios complicados, donde el alumno investiga y resuelve los problemas, en equipo o individualmente. Aquí el problema tiene más trasfondo. En apariencia está muy bien este proceder pero los alumnos carecen de conocimientos pues la repetición (los temas son los mismos, revísese el grado que se quiera) de los conocimientos sólo genera olvido. Por otro lado, la ayuda del profesor (la mayoría de ellos con escasos conocimientos) puede ser nula y perderse un enriquecimiento en el tema, cabe señalar que el procedimiento de enriquecimiento es el que quiere propiciar la SEP. Finalmente, la curva de aprendizaje se rompe. El libro, desde la escritura didáctica, no sirve.
  3. Si el libro no es un libro, pero tampoco funciona como cuaderno de ejercicios o manual, entonces qué es. Yo no lo sé. Creo que el libro de texto debería de transformarse. Entiendo y veo favorable que se propicie el uso de la razón entre los alumnos (el problema aquí es quién enseña a los maestros, los cuales aprendieron desde las dinámicas de la maquinaria llamada memoria, a razonar) y que los libros tengan esa finalidad, pero pierden toda su utilidad cuando el mediador, el consejero tampoco funciona. A mi humano entender el libro debería de ser muy claro, con material autocontenido (ejercicios, lecturas, etcétera) pero que también incite a la búsqueda en otras fuentes. Los libros educativos, espero no decir una burrada, deberían de pensarse más como si fueran sitios de internet. La hipertextualidad debería reinar, finalmente es a lo que se enfrentarán muchos de los niños. Por qué digo esto. Como decía arriba, el discurso en los libros es fragmentado, puedes hablar de los usos del lenguaje, puedes estar buscando generar habladores concientes de su idioma y de la manera de expresarse, pero que lo hacen sin un sentido. Los temores que hay hacia la lectura en internet se deben a que no sabemos darle unidad a la lectura, pero no sólo de internet, también en los libros. Al escribir el primer bloque empecé hablando de una revista temática y el artículo para la revista, luego reflexioné sobre el cuento en hispanoamérica para terminar hablando del lenguaje en la escritura de derechos. Una verdadera ensalada de locos, diría mi abuela. Entonces ¿cómo queremos que el alumnos reflexione? ¿Cómo el maestro? Lo que la SEP pide ahora, en tanto estructura de contenidos, es como leer en un sitio algo de política, pasar a la palabra que dice canción y escuchar algo de música, para terminar hablando de las normas. La lectura en internet no es deficiente por sí misma, lo es la carencia de unidad. A esto me refiero al decir que los libros deberían ser escritos como si fueran hipertextos... Pero bueno, para ello falta mucho.
Así la vida breve se me fue de entre las manos. Duermevelas que me hicieron temer cada vez más en el oficio porque si queremos modificar nuestro sistema educativo y su planta de profesores, primero debemos empezar por pensar... Entonces empieza el hoyo negro.


lunes, 23 de abril de 2012

Ni de aquí ni de allá, Sino lo monstruoso

Con motivo de la presentación del libro de mi querido amigo, Francisco de León (@Pacodeleon), en el Tec de Monterrey preparé el siguiente texto.

Muchas veces me gustaría pensar que el hombre en algún momento de la historia, de esa historia que ha inventado (como señaló Friedrich Nietzsche en su vaticinador ensayo Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral), se ha guiado por la razón y se ha sentido amo del Universo así como de su destino; por cierto, ambos puntos ideales del supuesto hombre moderno desde donde Francisco de León analiza la metamorfosis del monstruo. Y es que el hombre que se guía por la razón se detiene, fuma una pipa y por lo menos resuelve un par de casos sumamente elaborados para la mayoría de los hombres mientras dice "elemental, mi querido…". Me gustaría pensar que ese hombre no es sólo una idea manifiesta por algunos casos reales, sino una realidad concreta en todos los hombres aunque fuésemos muy aburridos.


Una idea, eso es ser hombre: rompimientos con la humano. Desde que hay filosofía están las ideas del hombre, como bien señaló Eduardo Nicol en su célebre libro La idea del hombre, y es que ya se piense en Platón, o en san Agustín; ya en Dante, o en Tommasso de Campanella; ya en Descartes, o en Kant; ya en Hegel, Schopenhauer, Heidegger, Derrida, Foucault, y una largo etcétera, lo que se rastrea son ideas que hacen o una genealogía de lo que es el hombre, o un postulado del deber ser. Así, para Platón el hombre será el encaminado a ser filósofo para estar en contacto con la belleza, la bondad y la verdad. Una búsqueda constante dada por la carencia de la humanidad, de los placeres del cuerpo, del amor por la mentira. Desprecios de lo mundando y corrosivo del ser humano...
      Luego llegó dios, uno pagano para los griegos que tanto amaban a los dioses imponentes (y no a los impotentes), el único o algo así porque también está el demonio. La idea que tenía Platón se transforma: dios es bello, bueno y verdadero. Sólo que a diferencia del filósofo, quien busca porque sabe que no sabe, el creyente no sabe de su ignorancia y no busca porque ya dios está en él. De tener a un hombre activo, un hombre que asume su existencia impuesta por la carencia, viene el hombre que parte de la ignorancia para fundamentar su ser; la carencia lo ha dejado, ya no existe. La felicidad del ignorante, pero creyente, y también del dominado regirá los principios de ser hombre. (Quizá esta idea es la más cercana a la humanidad) Cabe señalar que pese a la creencia en dios siempre hubo hombres que se cuestionaban sobre el ser del hombre, san Agustín, santo Tomás de Aquino, san Anselmo, por mencionar a unos cuantos, creaban modelados del deber ser.
       Entonces se habla de la dignidad de lo humano con el grandilocuente discurso de Pico della Mirandola y en sus palabras retumba la señal del pensar, del asumir, del razonar por sobre todos los seres, sean divinos o inferiores al hombre. Pero bien sabe Descartes y mucho mejor entendió y expuso Kierkegaard, que pensar, asumir, razonar, discernir son acciones que se dicen muy a la ligera pero que llevadas a la realidad son poco factibles, es decir, poner en práctica cualquiera de las tres es lo menos común, pues, es más fácil decir que pienso a pensar o más fácil decir que dudo a dudar, o bien, decir que creo a creer. Y eso, pese a como dirá Kant en La crítica de la facultad de juzgar, que el hombre es el sujeto del conocimiento, es decir, lo que nos distingue de todos los entes es tener entendimiento y asumir el mundo desde el entendimiento mismo.
        Y es Kant quien hará un llamado a los hombres con una frase simple: ¡Separe Aude! (¡Aprende a escuchar!)para invitar, en pleno modernismo, a los hombre a razonar, a buscar la dignidad humana desde el llamado de los ideales de la Ilustración y de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Aprende a escuchar y atrévete a usar tu entendimiento porque sólo así, hombre, puedes ver al otro desde la hermandad, desde el nivel ético que debería imperar en todos los hombres: ¿cómo te gustaría que te trataran? Porque, aunque tengas una nacionalidad, aunque seas un poderoso, no dejas de ser un extranjero frente al otro.
       Pero los ideales, como las hojas de los árboles que son y no siempre las mismas, se fueron con el viento para dar paso a la duda de lo que consideramos humano. Sospechas y martillos que destruyen fundamentos, muertes de una crónica anunciada por un loco en una plaza pública, al medio día y con un farol, dicen que es tiempo de realizar un nuevo ensayo del hombre, de entender al hombre de otro modo, como un superhombre. Sí, Nietzsche levanta la bandera de guerra de las ilusiones ad infinitum, de los juegos de máscaras donde el hombre encuentra la libertad para dejar paso al mismo estado del ser del hombre, el real, el que nunca ha cambiado, me refiero al dominado, al que se resiste a pensar, al que hace por inercia de la masa, al alienado (para mencionar al terrible Hegel y de paso a Marx) por el medio de la comunicación, el nuevo dios de los hombres (pongan a un payaso del otro lado del monitor y tendrán a un dios con sus miles de seguidores en Twitter). Esto es ser hombre, y no el deber ser, no los ideales. La indiferencia, el egoísmo, el dominio, el poder... El hombre es el lobo del hombre, dijo Hobbes...
José Luis Zárate, Paco de León, y yo.Foto Ricardo

Para no extenderme más en cómo debería ser el hombre o en cómo es, cerraré brevemente con la idea del monstruo, pensando más en que este texto sea una nota al pie de página de Prometeo en llamas, pues en este escrito, Francisco, a mi gusto, hace una excelente genealogía del monstruo.
         Un monstruo es el ser que por su alteridad, por ser diferente al hombre (ya sea por preferencia ideológica, religiosa, deformidad corporal o deformidad mental) asume su ser sin miedo a la muerte ni a la vida. Ya se piense en el monstruo de la novela con la que De León parte su estudio: Frankenstein; ya sea con El Jorobado de Nuestra Señora de París o cualquier otro que tengan en mente, esos seres relegados, es hombres que fueron excluidos de ser hombres para ser monstruos, encontraron en su monstruosidad la grandeza misma de los ideales de lo que debería de ser el hombre: se escucharon, se conocieron, asumieron lo que son y actuaron como el que se avienta al abismo para ser.

Siendo a sí, prefiero ser un monstruo a un hombre.


México, 20 de abril de 2012.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Del soporte y el desarrollo de la lengua



[...] el latín literario no tuvo una continuidad que partiera de Cicerón y Séneca y llegara hasta Cervantes. Hubo un brusco descenso, ubicable entre los siglos vi y vii, manifestado en la gravísima escasez de la escritura, motivada por el alto costo del pergamino y la falta de papiro cuando los árabes conquistaron Egipto (639). (Moreno 2001: 121 y 122) 


El cambio de soporte en la escritura es tan importante como lo es su ausencia. Han pasado muchos años entre cambios de soportes y a la fecha, nos guste o no, estamos experimentado uno más. Debo confesar que me agrada poder escribir en cualquier lugar, no importa si sean 140 caracteres o más, pero lo que me gusta mucho más es el que la brevedad sea el camino, porque yo soy bastante malo en los géneros largos.